Hay puertas que, una vez cruzadas, se cierran en silencio detrás de uno. No porque alguien nos impida volver, sino porque la mirada cambia de tal manera que el mundo abandonado se vuelve irreconocible. Me ocurrió después de leer La jaula invisible. En sus páginas, Martín López de Romañana no solo desmenuza su paso por el Sodalicio; también expone una verdad inquietante: cómo una estructura que promete santidad puede terminar convertida en un sistema de control total.
Reconocer prácticas normalizadas de FASTA Lima en el relato de una institución ajena fue apenas el comienzo. Pero todo cambió cuando el dolor dejó de ser teoría y adquirió el rostro de amigos cercanos. El abuso espiritual dejó de ser una categoría de estudio para convertirse en una herida abierta en personas que quiero desde hace años. Y hay algo incómodo en descubrir la injusticia de cerca: después de eso, la indiferencia ya no es una opción.
Muchos amigos me dicen, medio en broma y medio en serio, que deje estos temas atrás. Como si uno pudiera regresar tranquilo a la sobremesa después de haber visto ciertas cosas. Hace poco, un lector de esta pequeña comunidad me escribió una frase que todavía me acompaña: “Me apena que seamos tan pocos los que no podemos permanecer indiferentes”. Quizá tenga razón. La mayoría parece haber encontrado una forma bastante eficiente de convivir con el silencio, seguir de largo y actuar como si nada hubiera pasado.
La imposibilidad de mirar a otro lado
Belén Romá sostiene que cuando uno pone un pie en este tema ya no puede retirarlo. Dentro de FASTA Lima, bajo el disfraz de una supuesta “vocación miliciana”, se ha ejercido un control de conciencias a través de confesiones invasivas y culpabilización ante las dudas de fe.
Uno de los relatos que más me persigue es el de una exalumna del colegio Horacio Patiño Cruzatti. Ella ni siquiera pertenecía a FASTA. Sin embargo, terminó atrapada en la órbita de su estructura porque en ese colegio funcionaban las actividades del Grupo de la Casa Santa Rosa de Lima, el espacio juvenil de FASTA Lima.
Tenía catorce años cuando decidió hacer algo que, en teoría, la Iglesia debería fomentar: expresar sus dudas. Buscando orientación, acudió al P. Sebastián Vallejo, entonces capellán del colegio. La conversación terminó de la peor manera. Según ella misma me contó, Vallejo le dijo que la Iglesia no necesitaba personas que cuestionaran su fe y que, si no estaba dispuesta a obedecer las enseñanzas de la “Santa Iglesia”, entonces debía irse.
Hay frases que quizá un adulto consigue archivar con los años. Pero escuchar algo así a los catorce puede convertirse en una condena íntima. Durante mucho tiempo, ella creyó realmente haber sido expulsada de la Iglesia. Y eso es quizá lo más brutal del episodio: no porque un sacerdote tuviera la autoridad para hacerlo —no la tiene—, sino porque alguien investido de poder espiritual decidió hacerle sentir a una adolescente que Dios ya no tenía lugar para ella.
Por respeto a la profundidad de este testimonio, y a todo lo que implica narrarlo con el cuidado que merece, más adelante dedicaré un artículo completo a desarrollar este caso.
Cuando se cuestiona al mensajero y no a los hechos
Soy consciente de lo que todavía murmuran en algunos pasillos de la Urbanización San Ignacio: que me fui por “falta de templanza”, porque terminé amando fuera del libreto impecable que durante años intenté interpretar. ¿Mi gran escándalo? Haber convivido con la mujer que amo antes del matrimonio católico y haber sostenido relaciones sexuales antes de pasar por el altar. Cosas que, dichas así, parecen menos el prontuario de un hereje y más la vida cotidiana de millones de personas.
Pero esa es apenas la versión moderada del relato. Existe otra narrativa, bastante más delirante, que anuncia que en cualquier momento “saldré del clóset”, abandonaré mi matrimonio y terminaré viviendo una vida «locaza barranquinasha» en el sur de Lima.
La expresión siempre me produjo una mezcla extraña de risa y ternura sociológica. En ciertos círculos conservadores limeños, Barranco —distrito bohemio, refugio de artistas, publicistas y demás criaturas sospechosas de pensar demasiado— representa una especie de Sodoma con cafés de autor. Recuerdo incluso que Iván Pajares solía bromear con que mi profesión terminaría arrastrándome inevitablemente hacia allá. Como si escribir guiones para publicidad, escuchar rock y cuestionar ciertas estructuras fuera apenas la antesala de una vida “sin control”.
Con el tiempo entendí que muchas de esas bromas nunca fueron realmente bromas. Les resulta más fácil imaginarme en un desenfreno ficticio que admitir que su sistema es insoportable.
Lo confirmé en 2023, cuando una miliciana denunció situaciones de hostigamiento por parte de un miembro oficializado de la jurisdicción frente a las autoridades y al capellán de turno. El señalado simplemente decidió alejarse temporalmente del movimiento. Y fue precisamente esa distancia momentánea la que sirvió como excusa institucional para la inacción. “No podemos tomar medidas, ni sanciones ni limitar su participación porque esta persona ha decidido alejarse”, fue la respuesta que recibió la familia.
Después vino algo todavía más incómodo: el intento de reducir todo a un simple “problema amoroso” entre dos jóvenes. A la familia de la víctima se le pidió que no se metiera. Como si el hostigamiento pudiera rebajarse administrativamente al rango de desencuentro sentimental con tal de preservar la tranquilidad del grupo.
Incluso a mí se me reprochó la forma en que reaccioné frente al caso. Recuerdo que alguien me dijo que no podía comportarme “como una mujer”, que bastaba con darle “una patada” al asunto y resolverlo luego con un apretón de manos. Durante mucho tiempo pensé en esa frase. En la naturalidad con la que algunos espacios convierten la indiferencia en madurez y la empatía en una forma defectuosa de masculinidad.
Mi responsabilidad: Fui engranaje del sistema
Para hablar de la viga en el ojo ajeno debo reconocer la que yo mismo construí. Durante años no fui solo espectador: fui engranaje. Propagué ese pensamiento de superioridad espiritual, especialmente ante los feligreses de la Parroquia Santa María Madre de la Paz en Surco. Llamé cobarde a quien buscaba aire fuera del grupo. Este compromiso nace de un mea culpa que todavía me duele.
FASTA Lima, la hija que imita al padre
FASTA Lima no es una víctima pasiva de una matriz; es una digna hija que aprendió la estética de la amnesia. El ejemplo más cínico es el del miliciano señalado por control de conciencias que, tras un tiempo en las sombras, ha vuelto a espacios públicos y de formación con las nuevas líneas de mando. Si nadie pregunta, el daño se evapora.
Debo reconocer, sin embargo, que después de una conversación telefónica con mi padrino —miembro oficializado de FASTA Lima— recibí una precisión que merece ser incorporada. Según me explicó, la presencia de esta persona en algunos espacios de formación no respondería a una decisión formal de reincorporación, sino al hecho de que varios jóvenes continúan viéndolo como un referente cercano. También me aseguró que ya se ha transmitido a quienes hoy conducen el grupo juvenil la indicación de que esta persona no forma parte actualmente de la institución y que, por lo tanto, no debería participar de esos ámbitos.
Sin embargo, la conversación dejó al descubierto un problema todavía más inquietante. Mi padrino reconoció no saber qué fue exactamente lo que ocurrió. Nadie se lo había explicado. Nadie le había comunicado con claridad los motivos de su alejamiento. Y si un miembro oficializado de FASTA desconoce las razones de una decisión de esta naturaleza, la pregunta deja de ser por qué algunos jóvenes continúan viéndolo como un referente. La verdadera pregunta es cómo podrían dejar de verlo así cuando la información necesaria para comprender lo sucedido nunca circuló de manera transparente.
Allí reaparece el mismo mecanismo que hemos observado una y otra vez: no hace falta negar los hechos si basta con no nombrarlos. Cuando el silencio ocupa el lugar de la explicación, la memoria institucional se vuelve frágil y el pasado puede regresar sin encontrar demasiada resistencia. No porque haya sido resuelto, sino porque nunca fue realmente explicado.
Lo mismo sucede con los miembros que conforman la Oficina de Escucha de FASTA Movimiento (o Matriz). Seguramente dirán que la oficina se aperturó hace poco, pero quienes se sientan en ella llevan décadas gestionando el silencio. No se trata de que desconozcan lo que pasa en Lima; es que han sabido de diversos casos de abuso en la Ciudad Miliciana desde hace años y han preferido el letargo burocrático antes que la verdad. Incluso cuando varios milicianos, como acto de reparación, han exigido que estos encubridores salgan de dicha oficina, la respuesta ha sido la nada: pura inacción. Es el mismo patrón que muy probablemente veremos el próximo año cuando termine la suspensión del sacerdote Guillermo Varela.
Por la gravedad de lo mencionado, y porque cada uno de estos episodios merece ser desarrollado con el rigor y la profundidad correspondientes, más adelante dedicaré artículos específicos a documentar y reconstruir estos casos con mayor detalle.
Sé que llegará el momento de hablar de mis experiencias propias. Como bien nos enseñaron: “largo el camino difícil de andar y muchas las pruebas que han de sortear”, pero hoy esas pruebas son para sostener la integridad. En esa búsqueda de la verdad, “madera de apóstol vamos a demostrar”, aunque sea lejos de sus altares.
Por qué le hablamos a Lima
Le hablamos a Lima porque aquí los abusos tienen nombre, apellido y dirección local. Agotamos la vía institucional con cartas a la matriz para dejar en evidencia que la indiferencia es una estrategia global. Señalamos a Lima porque sus mañas se repiten como un calco de su matriz, gestándose, como diría la marcha que escribió Sergio Pablo Tapia Helfer, «por las calles de la Lima, por las sendas de los santos».
El final del camino
Romper el secreto es el primer paso para la reparación. Sostener este espacio tiene un costo emocional, pero también me recordó algo que durante años olvidé: la humanidad se recupera cuando uno deja de fingir que nada pasó.
Por eso escribo. Porque llega un momento en que el silencio deja de ser prudencia y se convierte en complicidad. Y aunque, como decía aquella canción de los cincuenta años, “queda mucho por andar”, al menos ahora sabemos hacia dónde vamos y a quiénes ya no estamos dispuestos a dejar atrás.







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