Guillermo Rosado (Parte III): La llegada a Lima

Antes de continuar con el artículo, te invito a ver el siguiente video. Aprovecho para agradecer otra vez al canal de YouTube Miliciano Raso, que de manera desinteresada viene compartiendo este contenido en formato audiovisual.

No recuerdo con exactitud si fue durante la Semana Santa de 2017 o algunos días antes. Lo que sí recuerdo es la expectativa que rodeó la llegada del padre Guillermo Rosado a Lima.

Guillermo no llegó solo.

Vino acompañado por un miliciano de FASTA Rosario que llamaremos Fabio. Yo ya lo conocía. Nos habíamos encontrado años atrás, en el Campamento de Mandos San Pablo, en Tandil, y después volveríamos a coincidir en algunas actividades universitarias.

Recuerdo haberle preguntado por qué había viajado a Lima.

La respuesta fue simple. Había venido para acompañar a Guillermo y ayudarlo durante esta nueva etapa.

Quizás sea una reconstrucción influenciada por el paso del tiempo, pero al escucharlo se me vino una imagen a la cabeza.

Sam acompañando a Frodo.

No porque Fabio utilizara esa comparación. Nunca lo hizo. La asociación fue completamente mía.

Por esos mismos días también visitó Lima Leandro Flocco. Su presencia no tenía relación con FASTA, sino con otra organización llamada Frente Joven. Recuerdo que durante un almuerzo familiar alguien mencionó a Guillermo y la conversación derivó hacia él.

—Ahora van a ver lo que es trabajar con Guillermo.

Lo dijo con una media sonrisa.

Mi madre intervino.

—Bueno, también hay que entender que todos los sacerdotes que han venido antes eran bastante jóvenes. Guillermo ya tiene otra edad.

Luego agregó:

—Además, Fabio nos ha hablado muy bien de él.

A veces hablo de la casa sacerdotal y otras del local institucional como si fueran lugares distintos. La verdad es que, para quienes frecuentábamos FASTA Lima, ambos nombres terminaban refiriéndose prácticamente al mismo edificio. Allí vivían los sacerdotes y también transcurría buena parte de la vida cotidiana de la comunidad.

—¿Fabio está acá? —preguntó Leandro.

—Sí. Vino para ayudar a Guillermo con la mudanza y con todo este proceso.

Recuerdo que se mordió el labio inferior y movió lentamente la cabeza.

—No sé… Guillermo tiene cosas que a mí no me cierran. Es medio raro.

No entendí a qué se refería.

La conversación continuó.

Mi madre comentó entonces que yo también debí haber acompañado a Matías cuando dejó Lima.

—Así como Fabio vino con Guillermo, tú debiste haberte ido con Matías. Después de todo, era tu amigo.

—No creo que Matías hubiera querido eso. Si hubiera necesitado ayuda, me lo habría dicho.

Leandro soltó una pequeña risa.

—No, olvidate. Matías no es de esos. Siempre se manejó solo. Además, era porteño, viste…

Todos nos reímos.

Si la memoria no me falla, Fabio permaneció cerca de un mes en Lima.

Muchos de nosotros habíamos crecido escuchando una enseñanza que Javier Bastos repetía con frecuencia: al peregrino se le recibe como al mismo Cristo. Si a eso se le sumaba la hospitalidad peruana, era natural que termináramos invitándolo a salir.

Recorrimos el Centro Histórico de Lima. Caminamos por calles que yo ya conocía de memoria. Hablamos de fútbol durante horas.

Recuerdo una conversación particularmente larga sobre Mauro Icardi. Fabio sostenía que merecía una oportunidad en la selección argentina y defendía su postura con una convicción que hoy me resulta más fácil recordar que los argumentos mismos.

Hay detalles que sobreviven al paso del tiempo de maneras extrañas.

Por ejemplo, recuerdo que a Fabio parecía incomodarle tener soles en los bolsillos. Varias veces terminaba entregándomelos.

Yo los recibía encantado.

Para un universitario de aquella época, unos cuantos soles podían representar varios pasajes o una gaseosa con galletas después de una reunión.

Por aquellos días, el padre David Adrián Bertinetti era uno de los sacerdotes encargados de la guía espiritual de FASTA Lima. Además, era amigo mío.

Cada cierto tiempo me decía algo parecido a:

—Llévate a Fabio a dar una vuelta.

O:

—Invítalo a comer.

Nunca supe exactamente por qué me lo decía. Quizás le daba pena verlo pasar tantas horas en el local institucional sin demasiadas cosas que hacer. O quizás, como cualquier persona, también necesitaba algunos momentos de privacidad. Lo cierto es que cada cierto tiempo me insistía con la idea de que lo sacara a pasear.

Y yo lo hacía.

No porque necesitara demasiada insistencia. La verdad es que Fabio me caía bien.

Hasta que un día, después de una nueva invitación, me respondió:

—Te agradezco que me invites, de verdad. Pero yo no vine acá para conocer Perú.

Lo dijo sin molestia.

Como quien simplemente aclara algo.

Después agregó:

—Yo vine para estar con Guillermo. Vine para ayudarlo. Para darle una mano en lo que necesite. Si se da la oportunidad de salir o conocer algo, buenísimo. Pero esa no es la razón por la que estoy acá.

Y finalmente dijo:

—Yo tengo que estar siempre listo para lo que Guillermo necesite.

No recuerdo qué respondí.

Lo que sí recuerdo es que seguimos caminando y que durante varios minutos hablamos de cualquier otra cosa. Probablemente de fútbol. Probablemente de Mauro Icardi. O de alguna tontería parecida.

Tardé años en volver sobre aquella conversación.

En ese momento, la respuesta de Fabio me pareció una muestra de lealtad. De amistad. Quizás incluso de generosidad.

Recién mucho tiempo después empecé a verla de otra manera.

No porque hubiera algo extraño en sus palabras, sino porque dentro de FASTA sonaban perfectamente normales.

Años después comprendería que aquella disponibilidad no era un caso aislado. Fabio no era el único. 

Con el tiempo llegaron otros. Jóvenes y no tan jóvenes que aparecían en Lima para acompañar a Guillermo, ayudarlo o simplemente estar disponibles para aquello que pudiera necesitar.

Y entonces empecé a preguntarme si estaba observando una cadena de amistades extraordinarias o algo completamente distinto. 

Entre mis amigos hacíamos bromas sobre ellos. Algunas bastante crueles, si soy sincero. Nos costaba entender ese nivel de disponibilidad hacia otra persona.

Y sin embargo, tampoco teníamos una respuesta clara.

Porque la misma actitud que por momentos nos parecía exagerada podía interpretarse de otra manera.

¿No era acaso eso lo que nos habían enseñado durante años?

¿No consistía la amistad miliciana precisamente en acompañar, sostener y estar presente cuando otro lo necesitara?

Entonces volvía a mi memoria aquella conversación con mi madre.

Su pregunta.

La idea de que quizás yo también debí haber acompañado a Matías cuando dejó Lima.

Y durante mucho tiempo no supe qué responder.

Porque la línea que separa la amistad de la dependencia no siempre es evidente.

Mucho menos cuando uno se encuentra dentro de la historia.

Una respuesta a «Guillermo Rosado (Parte III): La llegada a Lima»

  1. Avatar de mila
    mila

    Me parece fantástico este blog.
    Es lamentablemente penoso que tanto Guillermo como Fabio sigan sueltos por ahi

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Soy Lucas

Lucas Medina

Solo por Webeo es un espacio de ensayos, crónicas e investigaciones sobre fe, poder, paternidad y cultura. Escribo para contar historias que nos ayuden a pensar el mundo sin delegar la conciencia.

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