Entrevista sin preguntas

Agenda para estos días: esta semana no nos limitamos al lunes y martes de siempre, sino que metemos triplete el 20, 21 y 22 de julio. Nos adelantamos un poco porque la semana que viene Perú se paraliza: el 28 de julio es nuestra fecha patria y, para sumarle condimento, cae con cambio de Gobierno. Es un escenario que exige apagar el ruido digital para mirar la realidad de frente. Dejar textos programados en piloto automático es fácil, pero si uno no está ahí para empujarlos en las redes y conversar con los lectores, el artículo nace a medias. Así que la próxima semana cumpliremos la cita solo el lunes 27 y después bajamos la persiana hasta el 3 de agosto.

Y ahora sí, vamos con el artículo.

El algoritmo de nuestras redes sociales es un animal caprichoso. A veces basta un solo clic, un momento de curiosidad o un enlace compartido en el chat equivocado para que tu muro cambie de geografía radicalmente.

Hace unas semanas, a raíz del caso del Padre Omar Sánchez, varias personas me enviaron una entrevista de Origen Stream. Giuliana Caccia y Sebastián Blanco conversaban con una persona que en otros medios fue presentada como una presunta víctima del sacerdote. Le di play con la misma curiosidad distraída con la que uno abre cualquier video que llega varias veces al mismo WhatsApp.

No pensé mucho en ello.

Pero los algoritmos sí.

Desde entonces, mi feed sufrió una mutación extraña. Entre los reels de Pitucos Marrones que me hacen reír en medio del tráfico de la Javier Prado comenzaron a aparecer, una y otra vez, los rostros de quienes se presentan como guardianes de la llamada «batalla cultural».

Hablo de voces ubicadas con firmeza en la trinchera provida y profamilia. Es un espacio que no me resulta ajeno. Yo también creo en la defensa de la vida y en el valor de la familia. Pero con los años he aprendido que compartir una causa con alguien no implica necesariamente compartir sus métodos.

Quizás por eso terminé viendo una entrevista de casi tres horas a Giuliana Caccia y Sebastián Blanco, conducida por Vanya Thais, a propósito de las recientes notificaciones de excomunión vinculadas al caso Sodalicio.

Para quienes deseen verla y sacar sus propias conclusiones, dejo aquí el enlace. Mi lectura es apenas una entre muchas posibles.

Lo que me llamó la atención no fue tanto lo que dijeron los invitados. Después de todo, cualquier persona tiene derecho a defender públicamente su posición, especialmente cuando enfrenta una sanción de semejante magnitud.

Lo que me interesó fue otra cosa: la manera en que se construyó la conversación.

Porque una entrevista puede servir para esclarecer hechos o para administrar percepciones. Puede buscar respuestas o simplemente confirmar certezas. Y durante buena parte de esas tres horas tuve la sensación de estar viendo lo segundo.

Cuando nadie hace preguntas

Hay un momento extraño que ocurre cuando una entrevista deja de ser una entrevista.

No sucede de golpe. No hay una alarma que se encienda ni una frase que lo anuncie. Simplemente empiezas a notar que las preguntas difíciles no llegan.

Cada vez que aparecía una afirmación particularmente delicada, esperaba una repregunta. Esperaba una precisión. Esperaba algún intento de contrastar lo dicho con las decisiones emitidas por el Vaticano o con información disponible sobre el caso.

Pero la mayoría de las veces llegaba otra cosa.

Comprensión.

Asentimiento.

Solidaridad.

La conversación avanzaba como avanzan las conversaciones entre personas que comparten una misma lectura de la realidad. No parecía haber un esfuerzo por tensionar las afirmaciones para ponerlas a prueba. Más bien daba la impresión de que todos los participantes trabajaban sobre una premisa ya acordada.

Y cuando eso ocurre, la entrevista deja de cumplir una de sus funciones más importantes: obligar a que los argumentos respiren fuera de su zona de confort.

Cuando el foco se mueve

Quizás el ejemplo más evidente apareció cuando la conversación se desplazó de los hechos hacia las personas.

En varios momentos ya no parecía tan importante discutir el contenido de las decisiones adoptadas por las autoridades eclesiásticas. El foco estaba puesto en quienes las habían promovido o ejecutado.

Escuchar cuestionamientos sobre si Jordi Bertomeu era o no suficientemente «provida» o «profamilia» me hizo pensar en algo que ocurre con frecuencia en los espacios altamente ideologizados.

La discusión abandona lentamente la pregunta por la verdad para concentrarse en la identidad del interlocutor.

Ya no importa tanto qué se dice.

Importa quién lo dice.

Si la persona pertenece a mi tribu, le concedo credibilidad.

Si percibo que pertenece al otro bando, la sospecha aparece antes que el argumento.

Es un mecanismo humano y bastante común. El problema es que una vez que se instala, cualquier posibilidad de escrutinio se vuelve extremadamente difícil.

Porque el debate deja de girar en torno a los hechos y empieza a girar en torno a las lealtades.

Cuando la comunicación se convierte en defensa

Quizás la sensación más persistente que me dejó la transmisión fue esa.

La de estar observando un espacio concebido menos para examinar una situación compleja que para reafirmar una narrativa compartida.

No digo esto porque los invitados no merezcan ser escuchados. Todo lo contrario. Precisamente porque el tema es delicado, merecía preguntas capaces de incomodar, contrastar y profundizar.

Las mejores entrevistas no son las que protegen a sus invitados.

Son las que los ayudan a explicar mejor sus argumentos.

Y eso solo ocurre cuando existe suficiente independencia para preguntar aquello que nadie en la mesa tiene ganas de responder.

Hubo un último detalle que también me llamó la atención.

Cada vez que la conversación se acercaba a quienes denunciaron abusos dentro del Sodalicio, el foco parecía desplazarse rápidamente hacia su tono, sus formas o sus reacciones públicas. Como si la validez de un testimonio dependiera de la simpatía que despierta quien lo emite.

No desarrollaré ese punto aquí porque merece una reflexión aparte.

Pero sí me dejó una impresión inquietante: detrás de algunas afirmaciones de la entrevista parece existir un profundo desconocimiento sobre cómo actúan las víctimas de sistemas abusivos y sobre las secuelas que dejan años de manipulación, control y violencia psicológica.

Quizás esa sea una conversación que todavía estamos evitando tener.

La diferencia entre comunicar y confirmar

Después de casi tres horas de transmisión, la sensación que me quedó no fue la de haber escuchado una conversación destinada a esclarecer hechos.

Me pareció, más bien, un ejercicio de confirmación colectiva donde las preguntas difíciles quedaron fuera de cuadro.

Y quizás ese sea uno de los riesgos más grandes de la comunicación contemporánea: dejar de utilizarla para comprender la realidad y empezar a utilizarla únicamente para proteger identidades.

Cuando eso ocurre, la entrevista deja de ser una herramienta de búsqueda.

Se convierte en una herramienta de defensa.

Y la verdad, inevitablemente, termina pagando el precio.

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Soy Lucas

Lucas Medina

Solo por Webeo es un espacio de ensayos, crónicas e investigaciones sobre fe, poder, paternidad y cultura. Escribo para contar historias que nos ayuden a pensar el mundo sin delegar la conciencia.

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