Quiero empezar agradeciendo a cada lector de esta pequeña comunidad.
A quienes se suscribieron y esperan cada lunes o martes un nuevo artículo.
A quienes forman parte del grupo de discusión y reaccionan, discrepan o aportan nuevas ideas.
A quienes comparten fragmentos en sus historias, los comentan en privado o los envían a alguien que creen que necesita leerlos.
Al final, es el boca a boca el que mantiene vivo este espacio.
No una estrategia de marketing.
No una campaña.
No una institución.
Personas.
Personas leyendo a otras personas.
Y quizás por eso, después de 100 artículos, he empezado a notar algo que me resulta imposible ignorar.
Lo veo en los mensajes de WhatsApp.
Lo veo en los correos firmados y en los anónimos.
Lo veo en Instagram.
Lo veo en conversaciones que ocurren lejos de la sección de comentarios.
Los lectores de este blog no piensan igual.
Y eso está bien.
Algunos coinciden plenamente con lo que aquí se escribe.
Otros están de acuerdo con ciertos artículos, pero discrepan cuando la reflexión se extiende más allá de FASTA y alcanza a la Iglesia.
Otros sostienen que una mala ejecución no invalida una doctrina.
Otros creen que las fallas de una institución no necesariamente desacreditan todo aquello que produjo.
Y sinceramente, todos son bienvenidos.
Porque si algo debería enseñarnos la Iglesia es que la verdad no se construye mediante la uniformidad, sino a través del encuentro entre personas distintas.
Sin embargo, entre todos esos lectores he identificado un patrón que me resulta particularmente llamativo.
Las personas que han sufrido algún tipo de abuso.
Las que tienen un familiar que lo sufrió.
Las que acompañaron de cerca a alguien que quedó herido.
Las que todavía cargan preguntas sin respuesta.
Las que alguna vez se sintieron tratadas como un problema en lugar de una persona.
Todas ellas, con matices y diferencias, suelen coincidir en algo.
La necesidad de que estos temas se hablen.
No necesariamente porque estén de acuerdo conmigo.
Sino porque saben cuánto daño puede producir el silencio.
Y entonces aparece el otro grupo.
Personas buenas.
Personas inteligentes.
Personas comprometidas.
Personas que aman profundamente a FASTA y a la Iglesia.
Personas que no discuten tanto los hechos narrados como el hecho mismo de narrarlos.
Y ahí surge una pregunta que me ha acompañado durante meses.
¿Por qué?
¿Por qué quienes atravesaron determinadas heridas comprenden inmediatamente la necesidad de hablar sobre ellas, mientras que quienes nunca tuvieron que atravesarlas suelen preguntarse por qué seguimos haciéndolo?
Hace poco un antiguo miembro de FASTA me escribió.
Su mensaje era respetuoso, honesto y sincero.
No negaba los abusos.
No negaba el dolor.
No negaba la necesidad de cambios.
Simplemente decía algo que me hizo pensar.
Me explicó que muchas veces prefería mantener distancia pública de ciertas discusiones por prudencia.
No por vergüenza.
Por prudencia.
Temía que, en una época donde casi nadie lee completo y todos reaccionan a titulares, su nombre terminara asociado a cosas que nunca hizo ni defendió.
Y entendí su punto.
Nadie debería ser condenado por simple asociación.
Nadie debería cargar con culpas ajenas.
Nadie debería ser juzgado únicamente por haber pertenecido a una institución.
Pero mientras leía su mensaje apareció otra pregunta.
Una pregunta que todavía me incomoda.
Porque una cosa es no ser culpable.
Y otra muy distinta es preguntarse por qué tan pocos pudieron ver.
Durante años escuchamos frases que parecían normales.
«Toda autoridad viene de Dios.»
«Obedece y no te equivocarás.»
«Puedes opinar, pero la decisión ya está tomada.»
Las escuchamos tantas veces que dejaron de sonar extrañas.
Se volvieron cultura.
Se volvieron sentido común.
Y quizás por eso cuesta tanto examinarlas.
Porque nadie percibe fácilmente el agua cuando lleva toda la vida nadando dentro de ella.
Lo curioso es que muchas de las personas que hoy defienden esas frases jamás las aceptarían en otros ámbitos de su vida.
No las aceptarían de un político.
No las aceptarían de un empresario.
No las aceptarían de un profesor.
No las aceptarían de un jefe.
Pero cuando aparecen revestidas de lenguaje espiritual adquieren una legitimidad especial.
Y ahí comienza un problema.
Porque la obediencia es una virtud.
Hasta que reemplaza a la conciencia.
Y cuando eso ocurre, ya no forma discípulos. Forma dependientes.
Con frecuencia escucho otro argumento.
«Los jefes eran jóvenes.»
Y probablemente sea cierto.
Muchos lo fuimos en su momento.
Pero esa respuesta no termina de convencer.
Porque si los jefes eran jóvenes, entonces la pregunta importante no es qué hicieron ellos.
La pregunta es quién decidió entregarles autoridad.
Quién los supervisaba.
Quién los acompañaba.
Quién verificaba que estuvieran preparados para ejercerla.
La inmadurez del dirigente no absuelve al sistema.
Lo obliga a rendir cuentas.
De hecho, cuanto más joven es una autoridad, mayor debería ser el cuidado institucional.
No menor.
Hay algo más.
Quizás lo más incómodo de todo.
Cuando FASTA o cualquier otra institución quiere hablar de sus logros, suele hacerlo en primera persona.
Hemos fundado colegios.
Hemos formado dirigentes.
Hemos desarrollado apostolados.
Hemos ayudado a miles de personas.
Hemos llegado a distintos países.
La institución aparece entonces como una realidad madura, coherente y eficaz.
Pero cuando aparecen abusos, daños o testimonios dolorosos, la narrativa cambia.
Eran errores individuales.
Somos un movimiento joven aún.
Era otra época.
No existían los protocolos.
Todavía estábamos aprendiendo.
Y entonces uno no puede evitar preguntarse:
¿Cómo puede una institución ser suficientemente madura para atribuirse sus éxitos y demasiado inmadura para asumir sus fracasos?
Quizás aquí aparezca el núcleo de todo.
Porque cuando una víctima habla, muchas veces no está pidiendo que destruyan una institución.
No está pidiendo que desaparezca una obra.
No está pidiendo que se condene a todos sus miembros.
La mayoría de las veces está pidiendo algo mucho más sencillo.
Que alguien reconozca lo que ocurrió.
Que alguien diga:
«Sí. Eso pasó.»
«Sí. Eso estuvo mal.»
«Sí. Te lastimamos.»
Sin embargo, demasiadas veces las respuestas terminan formuladas de otra manera.
«Lamentamos que algunas personas se hayan sentido heridas.»
Y aunque la diferencia parezca pequeña, no lo es.
Porque una cosa es reconocer el dolor.
Y otra muy distinta es reconocer la responsabilidad.
No es lo mismo decir:
«Te sentiste herido.»
Que decir:
«Te herimos.»
La primera frase habla de una experiencia.
La segunda habla de una acción.
La distancia moral entre ambas es enorme.
Tal vez por eso vuelvo una y otra vez a una idea profundamente cristiana.
La Encarnación.
Porque el cristianismo sostiene algo extraordinario.
Dios no decidió salvar al hombre observándolo desde lejos.
No eligió contemplar el sufrimiento humano desde una posición segura.
Se hizo carne.
Se hizo vulnerable.
Entró en la historia.
Asumió el dolor.
Aceptó la fragilidad.
Quizás por eso me pregunto si parte de nuestras dificultades actuales nacen precisamente de una incapacidad para hacer lo mismo.
No de convertirnos en víctimas.
No de asumir culpas que no nos corresponden.
Sino de acercarnos lo suficiente al sufrimiento ajeno como para dejar que nos incomode.
Porque es muy fácil defender una idea.
Es mucho más difícil escuchar una herida.
Es muy fácil proteger una institución.
Es mucho más difícil mirar a quien salió dañado de ella.
Es muy fácil celebrar los frutos.
Es mucho más difícil examinar las raíces.
No sé si el problema sea la falta de empatía.
No sé si sea la falta de experiencia.
No sé si sea miedo.
No sé si sea lealtad.
No sé si sea costumbre.
Pero sí sospecho algo.
Las personas que han sufrido determinados abusos saben perfectamente cuánto cuesta guardar silencio.
Porque alguna vez lo pagaron.
Y quienes nunca tuvieron que pagar ese precio suelen subestimarlo.
Quizás por eso seguimos escribiendo.
No porque odiemos a FASTA o a la Iglesia Católica.
No porque disfrutemos el conflicto.
Sino porque algunas preguntas siguen sin respuesta.
Y porque hay heridas que no desaparecen cuando dejamos de hablar de ellas.
Simplemente desaparecen de la conversación.
Que no es lo mismo.
Después de todo este tiempo ya no me preocupa tanto que algunas personas no crean los testimonios.
Lo que me preocupa es algo mucho peor.
Que todavía haya quienes, después de escucharlos, sigan considerando que el verdadero problema es que alguien los contó.
Porque cuando una comunidad se escandaliza más por quien habla que por aquello que se denuncia, algo se ha roto.
Y cuando el prestigio de una institución empieza a importar más que el sufrimiento de las personas que la integran, el problema ya no es comunicacional, institucional ni estratégico.
Es moral.
Y los problemas morales nunca desaparecen cuando dejamos de hablar de ellos.
Solo encuentran lugares más profundos donde esconderse.







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