En junio publicamos un artículo llamado Bad Bunny y un baile de principios. A partir de una experiencia personal intenté desarrollar una idea que algunos lectores encontraron interesante: que el amor auténtico no funciona principalmente como una prohibición, sino como una elección.

No dejamos de hacer ciertas cosas porque alguien nos las prohíbe.

Dejamos de hacerlas porque elegimos algo que consideramos más valioso.

El artículo generó conversaciones interesantes. Algunas personas coincidieron, otras discreparon y otras simplemente aprovecharon la ocasión para compartir sus propias experiencias. Y creo que eso es justamente lo que hace valioso este espacio: que detrás de cada artículo aparecen conversaciones que continúan mucho después de haber sido publicados.

Hace poco ocurrió algo parecido.

Esta vez no fue una canción de Bad Bunny.

Fue un almuerzo.

Un chifa.

Una de esas conversaciones laborales que empiezan hablando de cualquier cosa y terminan desembocando en preguntas que nadie esperaba responder.

La historia parecía sencilla.

Un hombre había dejado atrás un matrimonio relativamente reciente y una relación de varios años para comenzar una nueva vida con una mujer considerablemente más joven.

Como suele ocurrir en estos casos, los diagnósticos aparecieron rápido.

Algunos dijeron que había que ser un tonto para arriesgarlo todo de esa manera.

Otros fueron más duros.

Había que ser malo.

Porque una cosa era equivocarse.

Y otra muy distinta era destruir una relación, herir a una persona y abandonar un proyecto construido durante años.

La conversación avanzó entre bromas, hipótesis y opiniones.

Y fue entonces cuando intenté plantear algo que no cayó particularmente bien en la mesa.

Dije que probablemente aquel hombre no se veía a sí mismo como el villano de la historia.

Más aún.

Me atreví a decir que, dentro de su propia narrativa, quizás estaba convencido de estar haciendo algo que consideraba bueno para él.

La reacción fue inmediata.

Algunos pensaron que estaba justificando la infidelidad.

Otros interpretaron que estaba relativizando el daño causado.

Y un amigo cristiano me lanzó una objeción bastante seria.

Me dijo que mi postura sonaba ingenua.

Que el ser humano es perfectamente capaz de hacer el mal.

Que la Biblia está llena de ejemplos de personas perversas.

Y que intentar explicarlo todo como una búsqueda equivocada del bien era simplificar demasiado las cosas.

La conversación siguió.

Pero la objeción se quedó conmigo varios días.

Porque tenía algo de razón.

Antes de continuar, creo que es importante hacer una aclaración.

Porque alguien podría interpretar estas líneas como una defensa de la infidelidad, y nada más lejos de mi intención.

La infidelidad existe.

Hace daño.

Rompe confianzas.

Hiere personas.

Destruye proyectos compartidos.

Y precisamente porque produce consecuencias reales merece ser tomada en serio.

Tampoco estoy diciendo que el mal no exista.

Existe.

Y probablemente merezca un artículo aparte preguntarnos qué es exactamente el mal, de dónde surge o por qué aparece una y otra vez en la experiencia humana.

Lo que intento plantear aquí es una pregunta diferente.

Cuando una persona comete una acción que consideramos mala, ¿lo hace porque desea el mal o porque desea algo que considera bueno?

Dicho de otra manera.

Cuando alguien es infiel, ¿es infiel porque quiere destruir a su pareja?

¿O porque busca algo que percibe como amor, libertad, reconocimiento, deseo o felicidad, aunque en el camino termine lastimando a otros?

La diferencia parece pequeña.

Pero no lo es.

Porque una cosa es explicar una conducta.

Y otra muy distinta es justificarla.

Entender por qué alguien hizo algo no significa aprobar lo que hizo.

Significa intentar comprender cómo funciona el ser humano.

Y quizás esa sea una pregunta mucho más incómoda que simplemente decidir quién es bueno y quién es malo.

Porque, pensándolo bien, la discusión en aquella mesa estaba mal planteada.

Todos parecíamos intentar responder una pregunta demasiado simple.

¿Era bueno o era malo?

¿Era una víctima o era un villano?

¿Era una persona cruel o una persona confundida?

Y mientras más vueltas le daba al asunto, más sospechaba que ninguna de esas preguntas nos acercaba realmente al problema.

Porque incluso si aceptáramos que aquel hombre había hecho daño.

Incluso si aceptáramos que había actuado de manera egoísta.

Incluso si aceptamos que sus decisiones fueron moralmente equivocadas.

Todavía quedaba una pregunta sin responder.

¿Creía él que estaba haciendo el mal?

Y cuanto más lo pienso, más difícil me resulta creer que sí.

No porque quiera absolverlo.

No porque las consecuencias no importen.

Sino porque la experiencia humana parece enseñarnos otra cosa.

Las personas rara vez actúan buscando el mal por amor al mal.

Actúan buscando algo que consideran valioso.

Algo que creen bueno.

Algo que sienten que necesitan.

Y aquí la observación de mi amigo cristiano se vuelve todavía más interesante.

Porque la Biblia no describe únicamente seres humanos confundidos.

Describe también seres humanos capaces de endurecerse.

Capaces de mentir sabiendo que mienten.

Capaces de traicionar sabiendo que traicionan.

Capaces de dañar sabiendo que dañan.

Judas sabe lo que está haciendo.

Pilato sabe lo que está haciendo.

Caifás sabe lo que está haciendo.

Sin embargo, hay algo fascinante en los tres casos.

Ninguno actúa por amor al mal.

Judas persigue dinero.

Pilato intenta conservar el poder.

Caifás busca preservar el orden político y religioso.

Todos creen estar obteniendo algo valioso.

Todos buscan algún tipo de bien.

Lo que cambia es el precio que están dispuestos a pagar para conseguirlo.

Y quizás ahí aparezca una de las tragedias más profundas de la condición humana.

No cuando dejamos de buscar el bien.

Sino cuando empezamos a justificar cualquier cosa en nombre del bien que buscamos.

Porque entonces comenzamos a llamar necesario a lo que simplemente deseamos.

Comenzamos a llamar libertad a aquello que nos conviene.

Comenzamos a llamar amor a aquello que nos obsesiona. Comenzamos a llamar justicia a aquello que nos beneficia.

Y poco a poco dejamos de preguntarnos si algo es correcto para preguntarnos únicamente si lo queremos.

Tal vez por eso los mayores errores de la humanidad rara vez fueron cometidos por personas convencidas de estar haciendo algo malo.

Las guerras.

Las inquisiciones.

Las purgas ideológicas.

Los abusos de autoridad.

Las manipulaciones espirituales.

Las persecuciones políticas.

Casi nunca fueron justificadas diciendo:

«Estamos haciendo el mal.»

Por el contrario.

Fueron justificadas diciendo:

«Estamos defendiendo algo importante.»

«Estamos protegiendo la verdad.»

«Estamos cuidando a la comunidad.»

«Estamos salvando a las personas.»

Y esa idea debería inquietarnos.

Porque significa que el problema no pertenece únicamente a los fanáticos.

Ni a los corruptos.

Ni a los infieles.

Ni a los abusadores.

Nos pertenece a todos.

Porque todos tenemos una extraordinaria capacidad para construir relatos donde nuestras decisiones parecen razonables.

Donde nuestros deseos parecen nobles.

Donde nuestras contradicciones parecen inevitables.

Donde nuestras heridas justifican nuestras acciones.

Donde nuestras ambiciones se disfrazan de principios.

Quizás por eso desconfío cada vez más de las discusiones que intentan dividir el mundo entre buenos y malos.

No porque no exista el mal.

Existe.

Y hace daño.

Pero casi nunca llega anunciándose como mal.

Llega disfrazado de algo que parece bueno.

Algo que parece necesario.

Algo que parece justo.

Y quizás ahí reside el verdadero desafío moral de una persona.

No preguntarse únicamente si aquello que persigue es bueno.

Sino preguntarse qué cosas está dispuesta a sacrificar para conseguirlo.

Porque tal vez la pregunta más importante no sea quién es el villano de la historia.

Tal vez la pregunta verdaderamente incómoda sea otra.

Si nadie se considera el malo de su propia historia, ¿cómo reconocemos el momento en que empezamos a convertir nuestros deseos, nuestras ideologías o nuestras instituciones en algo más importante que las personas?

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Soy Lucas

Lucas Medina

Solo por Webeo es un espacio de ensayos, crónicas e investigaciones sobre fe, poder, paternidad y cultura. Escribo para contar historias que nos ayuden a pensar el mundo sin delegar la conciencia.

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