Vida miliciana y perfección

Hace un par de meses, en una reunión de colaboradores y amigos del blog, un texto traído a la mesa encendió las alarmas de nuestro análisis. Se trataba del artículo del teólogo Jesús Martínez Gordo en Religión Digital: “La fe cristiana es tabórica y con carne”. En el calor de la conversación, caímos en cuenta de algo: las advertencias de ese texto sobre la necesidad de una fe que toque la realidad son la herramienta perfecta para seguir desmantelando esa «antropología angelical» de la que tanto hemos hablado aquí.

Esa visión distorsionada que le exige al ser humano vivir como si no tuviera cuerpo, negando la fragilidad e imponiendo una perfección de mármol, ha sido la causante de los más graves derrapes morales y abusos dentro de la Iglesia Católica.

(Si quieres profundizar en cómo funciona este mecanismo, el pasado 17 de febrero publicamos aquí El problema del mal y Dios, un artículo donde explicamos de manera rápida las bases de esta antropología).

Esta rigidez se manifiesta de manera cruda en la Fraternidad de Agrupaciones Santo Tomás de Aquino (FASTA). Pretender una fe sin carne, blindada contra la vulnerabilidad, no eleva a nadie al cielo; lo despeña inevitablemente hacia la doble vida.

1. El exceso de azúcar: El peligro del bienestar transfigurado

Martínez Gordo habla de la «fe tabórica». El concepto viene del pasaje bíblico del Monte Tabor, donde los discípulos, obnubilados por la luz de la Transfiguración, exclamaron complacidos: «¡Qué bien se está aquí! Hagamos tres tiendas y quedémonos a vivir en la cumbre». Es la fe del subidón emocional del concierto masivo, del llanto de consolación y del retiro de fin de semana que te saca de la realidad. Muchos movimientos eclesiales de moda hoy han hecho de esta receta su principal motor.

El problema es que confunde el bienestar emocional con el compromiso real. El autor usa una analogía tremenda: el exceso de azúcar espiritual produce diabetes. Cuando la fe se reduce a una burbuja de confort individualista, te vuelves incapaz de procesar la crudeza del mundo. Es una fe desencarnada que huye hacia arriba para no mirar los calvarios del llano: la pobreza, la exclusión y la injusticia. El Tabor es un regalo, sí, pero es solo una parada; pretender quedarse a vivir en la nube es infantilizar la experiencia.

2. La fe de la milicia: El guerrero sin carne y el cinismo de los pedestales

Pero si un extremo produce una fe diabética por exceso de azúcar, el extremo opuesto genera un endurecimiento de milicia que termina rompiendo a las personas por dentro. Es la estética del “Esto Vir” (Sé varón) promovida por FASTA, donde no hay espacio para la sensibilidad ni para el cuidado personal.

La prueba reina de esta mentalidad la encontré husmeando en las redes. El propio Guillermo Varela —sacerdote de FASTA que hoy se encuentra suspendido canónicamente por «conductas impropias»— publicaba en su Facebook personal una cita para celebrar a Santo Tomás de Aquino:

«…todo aquel que quiera llevar una vida perfecta no necesita hacer otra cosa que despreciar lo que Cristo despreció en la cruz y apetecer lo que Cristo apeteció».

Captura de pantalla de la publicación en Facebook del sacerdote Guillermo Varela, hoy suspendido canónicamente, donde se exalta el «desprecio» como ideal de perfección.

Cuando un sistema rígido manosea la palabra «despreciar», el sentido original se deforma por completo. Ya no hablan del desapego de las riquezas; hablan del desprecio explícito hacia la propia vulnerabilidad humana. El varón miliciano no llora, no duda, no muestra debilidad. Debe ser un guerrero impasible.

Aquí es donde aparece la pregunta incómoda: ¿cómo alguien que exigía una templanza de acero y una «vida perfecta» termina suspendido por conductas impropias? La respuesta es sociológicamente previsible. Usan la Cruz como un garrote conceptual para sometición de conciencias y exigir un voluntarismo inhumano. Al imponer un ideal de mármol, la carne no desaparece; simplemente se esconde en el sótano. Estos sistemas hiper-exigentes, calzados con borceguíes de los templarios, terminan siendo las incubadoras perfectas para la doble vida, porque el terreno para el abuso se abona mucho antes: se siembra cuando se anula la soberanía de la experiencia y se le prohíbe al individuo ser humano.

3. El quiebre en el llano: Cuando los discursos de mármol se hacen añicos

El gran examen de cualquier creencia no ocurre en un concierto religioso ni bajo el orden cerrado de un desfile de la milicia; ocurre en el choque frontal con el sufrimiento real. Frente a un diagnóstico de cáncer, una pérdida violenta o la crudeza de la vida, los discursos prefabricados se revelan como cáscaras vacías. Las frases hechas como «Dios sabe por qué hace las cosas» o «es una prueba» son solo analgésicos intelectuales para no mirar el abismo de frente.

Ahí es donde colapsan tanto la burbuja de azúcar como los borceguíes templarios. Al dolor real no le sirven las explicaciones abstractas. Si Dios actuara como un gerente de riesgos que interviene mágicamente para evitar cada accidente, anularía nuestra condición de sujetos libres. El riesgo del daño es real porque nuestra libertad lo es.

Una fe «con carne» es la única que se sostiene en el naufragio. Dios no evita la cruz, sino que se mete en ella; se solidariza con la carne rota del mundo. Por eso, ante el misterio del dolor, la única respuesta válida no es un dogma incuestionable, sino la compasión: bajarse del pedestal, vestirse de calle y sostener al otro en el llano.

Conclusión: Recuperar la soberanía de la experiencia

Quienes pretenden amputar la fragilidad humana en nombre de una pureza angelical o una disciplina de hierro terminan construyendo ídolos de yeso que se desmoronan a la primera tormenta. No podemos ceder la soberanía de nuestras propias vivencias a discursos que nos prohíben sentir.

Una fe madura no le teme a la duda, ni se escandaliza ante el error, ni necesita esconderse en trincheras ideológicas. Es momento de bajar de las nubes del Tabor y de los pedestales de la milicia, aceptar que la vulnerabilidad es lo que nos hace reales y entender, de una vez por todas, que cualquier espiritualidad que te exija dejar de ser humano para acercarte a Dios, en realidad te está alejando de lo único que nos salva: nuestra propia humanidad.

No se olviden de que mañana martes no habrá artículo; nos tomamos la pausa comprometida. A todos los miembros y lectores peruanos, les deseo unas muy felices Fiestas Patrias. Nos volvemos a reencontrar en este espacio el próximo lunes 3 de agosto.

Por la patria hasta Dios. Un abrazo grande.

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Soy Lucas

Lucas Medina

Solo por Webeo es un espacio de ensayos, crónicas e investigaciones sobre fe, poder, paternidad y cultura. Escribo para contar historias que nos ayuden a pensar el mundo sin delegar la conciencia.

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