Tenía 16 años cuando empecé a formular una de las preguntas más incómodas de la existencia. Yo había sido formado bajo una premisa que empezaba y terminaba en FASTA; vivíamos en una burbuja donde nos sentíamos los salvadores, los defensores más puros de una fe bajo asedio. Recuerdo la retórica de aquellos días: “¿Saben cuánto están recibiendo ustedes? Ustedes no son esos huevoncitos que lloran alrededor de una guitarra; aquí se forjan templarios”.

Pero esa mística del guerrero escondía una teología del miedo. La advertencia era constante: “Ay de aquel que se vaya, del pecho frío que abandone; porque cuando uno se va, es el mismo diablo quien ocupa su puesto”. Mirando en retrospectiva, entiendo que mi pertenencia no nacía del amor a Dios, sino del temor al Diablo.

Hoy, fiel al mandato de nuestro estilo y herencia dominica que busca la Verdad en medio de las sombras, entiendo que lo que vivimos fue una recaída en el maniqueísmo. Esta vieja herejía consiste en dividir la realidad en dos bandos absolutos e irreconciliables: el espíritu (bueno, puro, miliciano) y la materia (mala, sucia, «mundana»). Al abrazar esta visión, la institución nos impuso una antropología angelical que despreciaba lo humano.

El maniqueísmo miliciano nos enseñó que el cuerpo era un enemigo a vencer y no una creación a redimir. Se nos negó la corporalidad, ignorando que en el cristianismo auténtico la carne es el quicio de la salvación. Al intentar ser ángeles, terminamos siendo menos que hombres. Como dominicos de espíritu, sabemos que la gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona; sin embargo, en FASTA se nos enseñó a violentarla.

Esa es la raíz de la «teoría de descartes» que mencioné en FASTA: Escuela de Varones. Se nos forjó bajo el lema de «soy lo que no debería ser». Nos obligaron a descartar nuestra sensibilidad, nuestra duda y nuestro afecto para encajar en un molde de acero. Pero lo que no se integra, se pudre. El derrape moral de tantos no fue un error de la voluntad, sino el estallido de una naturaleza humana que, tras años de ser negada y demonizada por el maniqueísmo interno, reclamó su lugar de la forma más caótica.

Proponer luces hoy significa reconocer que el mal no es solo esa «privación de bien» agustiniana, sino el resultado de haber roto la unidad del hombre. No somos ángeles atrapados en cuerpos; somos almas encarnadas. El verdadero apostolado no es cuidar un puesto para que no lo ocupe el diablo, sino habitar nuestra humanidad con la libertad de los hijos de Dios.

Este es el primer acto para entender que, para salvar la fe, primero hay que rescatar al hombre de quienes pretenden «angelizarlo» a fuerza de miedo.

Llegados a este punto, surge la gran pregunta que parece regresar una y otra vez: ¿Por qué seguir hablando y escribiendo sobre estos temas?

La respuesta es tan simple como dolorosa: porque siempre estuvieron en las sombras. Porque durante décadas, a pesar del olor a podrido que emanaba de muchas comunidades, se prefirió el silencio bajo la excusa de «no escandalizar a los pequeños» o «no dañar a la Iglesia». Pero el verdadero daño no lo hace la luz, sino el hongo que crece en la oscuridad.

Este no es un problema único y exclusivo de la Milicia. Es una herida que ha acompañado a la Iglesia Católica durante años, gangrenando comunidades enteras. Poner estos temas sobre la mesa, estudiarlos, debatirlos y conversarlos no es un acto de rebeldía, es un acto de caridad hacia la Verdad.

Lo hacemos con la esperanza de que este ejercicio de memoria sirva para erradicar el mal o, al menos, para aprender a combatirlo. Escribo porque el silencio es el oxígeno de la perversión. Escribo para que otros, que hoy sienten ese mismo «olor a podrido» en sus comunidades, sepan que no están locos, que su olfato no les miente y que la fe no exige ser cómplice de la mentira.

Si la Verdad nos hace libres, entonces la ocultación nos hace esclavos. Y como herederos de una tradición que busca la luz, no podemos permitir que el miedo al diablo —o el miedo a la institución— nos siga tapando la boca.

El abuso espiritual prospera en el aislamiento, por eso sacar estos temas de las penumbras requiere que la información circule sin barreras. Te invitamos a unirte a nuestro 👉🏽 [Canal de difusión vía WhatsApp].

4 respuestas a «Templarios de cartón: La antropología angelical y el miedo al diablo»

  1. […] todo lo que suene demasiado humano. Hace poco intenté pensar esa deriva con mayor profundidad en Templarios de Cartón, donde la pregunta ya no es solo institucional o simbólica, sino radicalmente […]

  2. […] ya lo sostuve en Templarios de cartón, el silencio bajo la excusa de ‘no escandalizar’ solo ha permitido que el hongo crezca […]

  3. […] quieres profundizar en cómo funciona este mecanismo, el pasado 17 de febrero publicamos aquí El problema del mal y Dios, un artículo donde explicamos de manera rápida las bases de esta […]

  4. […] o quieres repasar el análisis completo, puedes leer aquí nuestro artículo del pasado 27 de julio: Vida Miliciana y […]

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Soy Lucas

Lucas Medina

Solo por Webeo es un espacio de ensayos, crónicas e investigaciones sobre fe, poder, paternidad y cultura. Escribo para contar historias que nos ayuden a pensar el mundo sin delegar la conciencia.

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