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Fue en Tandil, en el año 2009. Debo reconocer que, por entonces, conocía muy poco el interior de mi propio país, y llegar a esa zona de la pampa argentina me produjo una impresión extraña, una mezcla de asombro y pertenencia, a pesar de no ser precisamente la provincia más bella de ese país. Recuerdo con una claridad casi dolorosa esas tardes de «orden personal»: yo sentado frente a esas pampas infinitas, maravillosas, que parecían recortadas de un cuadro, mientras el sabor del mate y la textura de unas ricas pepas me daban la sensación de que eso —exactamente eso— era todo lo que estaba bien. Era todo lo que Lucas de 14 años quería en su vida. Pero debajo de esa paz de postal, latía también otra cosa: ese deseo prematuro, casi urgente, de cargar con la responsabilidad de ser joven y «jefe» en una ciudad que se soñaba miliciana.

Éramos pocos. De Perú apenas viajamos dos varones, un naufragio estadístico frente a las ocho chicas que desembarcaron con la fe intacta. Ese contraste ya decía mucho de la dinámica interna de la comunidad. Sin querer, esa diferencia numérica reflejaba una hemorragia silenciosa: cada vez menos varones se interesaban por las cosas de Cristo.

Apenas bajamos del bus, la primera orden nos indicaba vestir el uniforme. Era inusual, porque rara vez ocurría ni bien llegábamos al campamento. Pero esta actividad era distinta: se trataba de un encuentro exclusivo para jefes. En el estrado de aquel salón, una tela roja dictaba una sentencia que pretendía ser fundacional: “LA MILICIA ES NUEVA”.

Entonces apareció él.

No conocía al sacerdote, pero su imagen se me quedó grabada como un negativo mal revelado. Tenía una palidez de capilla olvidada, flaco hasta la transparencia, con la boina encajada como un casco de guerra. Su aspecto me recordó a Montgomery Burns: una fragilidad que escondía un autoritarismo de hierro. No buscó la bendición ni el saludo fraterno. Abrió la boca para soltar un latigazo:

 —» Al primero que se quede dormido lo cago a trompadas».

Ese era el prólogo de una charla titulada Esto Vir. Sé varón. Como si la masculinidad fuera un músculo que solo se ejercita bajo la amenaza del golpe.

El manual de la dureza

Años después, en 2011, me volví a topar con aquella charla, esta vez en formato de texto. Aparecía en el libro Hacer Ciudad de Dios, que en varios Consejos de Juventudes se presentaba como lectura obligatoria: “lo mínimo que debe saber un jefe de la Milicia Juvenil.” Al releerlo, la sensación de asfixia era la misma. La fe, en ese marco, no se vive como encuentro, sino como disciplina militar. Cristo ya no es el hombre que llora ante la tumba de su amigo o se deja lavar los pies por una mujer, sino un modelo de virilidad espiritual, casi un caudillo.

La ficha terminó de caer cuando leí Siervas, de Camila Bustamante. Al ver las palabras «Comandos» y «Esto Vir» aplicadas al Sodalicio, sentí un escalofrío familiar. No, yo no fui sodálite, pero compartíamos la misma filmografía del sacrificio: 300, Band of Brothers, la estética del guerrero que no llora porque el llanto ensucia el arma. Nosotros no nadábamos hasta las islas como una oblación, pero aprendíamos a convertir la obediencia en una anestesia.

La moral del espejo roto

El discurso oficial era seductor en su épica. Se nos decía que el varón necesita de obstáculos y de desafíos para templar el alma. Visto así, parecía un llamado a la nobleza. Pero debajo de esa semántica, el cierre del texto funcionaba como un manifiesto de guerra: “El varón necesita combates”. El movimiento no buscaba ciudadanos, sino una Milicia de “soldados de Cristo: mitad monjes, mitad guerreros”.

Es en ese punto donde la moral se mezcla con el miedo.

Se instaló una vigilancia sobre lo cotidiano donde se condenaba el feminismo, la estética, la sensibilidad y hasta el cuidado personal. En ese discurso, el varón no se construía desde su propia esencia, sino por oposición: se afirmaba negando lo femenino, lo tierno, lo ambiguo, lo libre. Había una lógica perversa que se repetía como un mantra, una identidad basada en el descarte: soy lo que no debo ser.Lo más cínico de esta historia es que el arquitecto de esta impronta —ese que nos exigía ser mitad monjes y mitad guerreros— parece haber vivido en las antípodas de su propia doctrina. Hoy sabemos, por su sentencia canónica, que aquel formador de «templanzas de acero» incurrió en conductas impropias de orden afectivo. Es la vieja tragedia de la doble vida: mientras nos pedía combatir fantasmas externos, sucumbía ante sus propios demonios internos.

Pero el daño no terminó en su sotana. Esa impronta de mando absoluto y silencio sagrado fue el invernadero donde, junto a personas de buena fe, crecieron también sombras que hoy nos estremecen. Porque los abusos sexuales no ocurren en el vacío; son el síntoma terminal de una enfermedad más profunda. Ocurren en sistemas donde se enseña que el jefe nunca se equivoca, que dudar es pecado y que la obediencia lo justifica todo. Como mencionamos el año pasado, el abuso sexual es el que más escandaliza, pero el terreno se abona mucho antes con el abuso de poder, el control de conciencias y esa manipulación espiritual que deja al individuo sin defensas.

Hoy, ese «combate» ya no es una metáfora espiritual en un campamento de montaña. Para muchos, la verdadera gesta se libra ahora en el plano de la justicia humana. Desde diferentes rincones de Argentina, hay víctimas que están rompiendo el pacto de silencio y recurriendo a los mecanismos civiles y penales; una marea de valentía que también tiene ecos en el Perú, donde el abuso de poder ha dejado huellas que ya no se pueden ocultar. Quizás para algunos, este combate sea mucho más difícil que cuidar de sus madres, quizás este enfrentamiento con la realidad sea más difícil que cualquier disciplina miliciana, pero su única victoria posible —y la de todos— será, finalmente, la verdad.

Releer todo esto hoy no es un ejercicio de nostalgia, es una autopsia. Entiendo ahora que esa «Amenaza Fantasma» —esa fe de mármol y disciplina— fue el caldo de cultivo perfecto para el abuso. Cuando a un adolescente le cercenas la capacidad de cuestionar bajo el pretexto de la «santidad», lo dejas indefenso. En un ambiente donde sentir es ser débil, el abuso no fue un accidente: fue inevitable. Nada sano crece bajo una bota, ni siquiera una bota que dice venir de Dios.

Al final, después de los uniformes y las consignas, solo queda una frase del evangelio de San Mateo que debería hacernos temblar: «Lo que hiciste con el más pequeño, conmigo lo hiciste». Ahí se acaba la jerarquía. Porque la verdadera estatura de un hombre no se mide por la firmeza de su mando, sino por la delicadeza con la que es capaz de sostener la vulnerabilidad del otro. Todo lo demás es solo ruido de formaciones en una ciudad que se quedó sin alma.

Sin embargo, debo ser honesto: lo que he narrado hasta aquí es solo la punta de un iceberg con el que me he topado de frente. Yo pertenezco a la tercera generación de FASTA; no soy de la estirpe fundacional ni de sus hijos directos. Soy, en todo caso, un «nieto» espiritual cuyo primer contacto con estas doctrinas fue aquel campamento en Tandil. Visto así, parecería que el autor del “Hacer Ciudad de Dios” es el epicentro de la perversidad, pero la historia es más compleja y, por ello, más trágica.

Este sacerdote, si bien fue victimario, fue primero la víctima de un sistema coercitivo de la libertad y de un afecto maniqueo que moldeó su psiquis hasta fracturarla. Es la lógica del trauma circular: se hereda la bota y se hereda el golpe.

Les pido paciencia, porque desentrañar este nudo requiere tiempo. Pero vale la pena, a menos que prefieras ignorar la conciencia histórica o creas —como muchos aún sostienen— que es mejor que un padre cargue solo con las culpas y mienta a sus hijos bajo el pretexto de «evitarles un dolor mayor». Yo creo lo contrario: el silencio no protege, el silencio pudre.

Quizás este artículo sea mi pasaje a un viaje por lugares que nunca imaginé como el cerrado bar Wranglers y otros destinos que me permitan entender cómo es que se buscó construir una antropología angelical tan falsa como peligrosa; una doctrina que, a fuerza de puro voluntarismo, pretendía elevar al hombre por encima de su propia naturaleza de manera artificial, ignorando que la verdadera Gracia de Dios eleva la naturaleza pero nunca la violenta. Esto terminó provocando el derrape moral de varios sacerdotes y laicos. 

Y sí, mañana habrá un nuevo artículo.

Una respuesta a «FASTA ESCUELA DE VARONES»

  1. […] es la raíz de la «teoría de descartes» que mencioné en FASTA: Escuela de Varones. Se nos forjó bajo el lema de «soy lo que no debería ser». Nos obligaron a descartar nuestra […]

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Soy Lucas

Lucas Medina

Solo por Webeo es un espacio de ensayos, crónicas e investigaciones sobre fe, poder, paternidad y cultura. Escribo para contar historias que nos ayuden a pensar el mundo sin delegar la conciencia.

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