Después del parón necesario por las Fiestas Patrias y el ruido denso del cambio de Gobierno, toca sacudirse la modorra digital y volver al llano de la escritura. Apagar el piloto automático fue sano, pero ya estamos de vuelta en la trinchera. Curiosamente, este regreso coincide con el inicio de agosto, un mes que en mi calendario personal no es cualquier cosa; viene cargado de fechas que me tocan la fibra más íntima.
Para empezar, el 7 de agosto es el aniversario de la fundación del club de mis amores, Universitario de Deportes, una pasión que cualquiera que me lea de cerca sabe que me acompaña siempre. Pero la vida y sus guiños quisieron que ese mismo 7 de agosto coincida con el aniversario de bodas de mis padres, Marie y Marco. Dos fidelidades distintas, pero igual de inquebrantables, celebrándose el mismo día. Por si fuera poco, el 22 de agosto es el cumpleaños de mi vieja, cerrando un mes que en casa nos obliga a recordar que la vida real se juega ahí: en las raíces, en los afectos cotidianos y en la lealtad a los nuestros. En la carne, pues, y no en las abstracciones.
La antropología angelical
Y hablar de la carne nos devuelve de golpe a la conversación que dejamos picando antes de la pausa. En los últimos meses nos hemos dedicado a desmantelar esa bendita «antropología angelical». Para quienes recién se suben al micro o necesitan refrescar la memoria, nos referimos a esa visión distorsionada que le exige al ser humano vivir como si no tuviera cuerpo, negando la fragilidad e imponiendo una perfección de mármol. Es ese voluntarismo inhumano que te prohíbe ser humano.
En los artículos anteriores hemos desmenuzado cómo las estructuras rígidas imponen una «antropología angelical» que castra la sensibilidad humana, y cómo ese adoctrinamiento termina domesticando al laico para convertirlo en un eterno menor de edad. Es un engranaje perfecto: abajo se exige una fe de hierro, obediencia ciega y soportar el peso de la disciplina sin quejarse. Pero hoy toca mirar hacia arriba. Toca meter el ojo en las cúpulas para entender por qué el sistema prefiere ovejas de corral en lugar de adultos con criterio propio.
La respuesta es corta: la domesticación de los de abajo es lo que financia y permite la comodidad y el silencio de los de arriba
Si te perdiste la entrega previa al feriado o quieres repasar el análisis completo, puedes leer aquí nuestro artículo del pasado 27 de julio: Vida Miliciana y perfección
1. El truco del Monte Tabor
Para entender de qué va esta trampa, hay que refrescar un pasaje clave del Evangelio. Cuenta la historia que Jesús subió al Monte Tabor acompañado de tres discípulos. Allí arriba, en la cumbre, Jesús se transfigura: se llena de una luz gloriosa y aparecen junto a él Moisés y Elías. Pedro, obnubilado por el subidón místico y el bienestar de la experiencia, reacciona con una comodidad muy humana y propone: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Hagamos tres tiendas (carpas): una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».
El texto bíblico aclara con picardía que Pedro «no sabía lo que decía». Lo que el discípulo quería era congelar el momento bonito, quedarse a vivir en la nube de la cumbre y ahorrarse la molestia de bajar al llano de la vida real, donde esperaban los problemas, la persecución y la carne rota de la gente. El Tabor es solo una parada para tomar aire; pretender quedarse a vivir en la carpa es infantilizar la experiencia.
Este pasaje bíblico me recuerda inevitablemente al campamento de predicadores de la Casa Santa Rosa de Lima en el año 2016. Yo había ido como Jefe de la Agrupación Masculina; un viaje imprevisto porque el jefe titular, días antes, no obtuvo el permiso de sus padres para ir. Estando allí, charlando cerca de la cocina con un escudero —un niño de aproximadamente 8 años—, le pregunté cómo la estaba pasando. Me contó que muy bien; se había caído y tenía un ligero raspón en la rodilla, pero fuera de eso estaba siendo feliz. Fue ahí cuando me soltó la pregunta de cómo uno podía hacer para participar de los campamentos para siempre. En ese momento me hice la misma pregunta. Fui consciente, por primera vez, de ese temor tan humano de perder los campamentos; esa actividad bella donde la fe se endulza, pero que corre el peligro de volverse una anestesia si nos olvidamos de que la vida real nos espera abajo, con raspones mucho más profundos que los de una rodilla.
2. Tres tiendas para el Directorio: «Qué bien se está aquí dentro»
Teniendo ese mapa claro, miremos ahora a las cúpulas. A veces parece que el padre César Garcés, emulando la cobardía cómoda de Pedro en el monte, también armó tres carpas. Pero seamos sinceros: no las armó para Jesús, Moisés y Elías, sino para él, para Alejandro Campos y para el resto del directorio (convengamos, además, que tanto César como Alejandro necesitan una carpa entera cada uno por el tamaño de su burocracia). Y desoyendo por completo a Jesusito, se quedaron encerrados en ellas.
“Qué bien se está aquí dentro”, se le ha oído decir en la práctica al “Presidente”. Mientras la estructura cruje abajo debido a los constantes escándalos, los derrapes morales y el dolor de los afectados, la cúpula respira el aire puro del encierro voluntario. Se han construido un Tabor a la medida de sus privilegios: un espacio blindado donde el ruido del llano no les salpica el traje.
Tal como lo advertimos en Asalto al Fortín I, nos enseñaron a vivir la caridad y la misericordia, pero cuando llegó el momento de aplicarlas con las víctimas, eligieron el silencio. Cuando se trata de cantar fuerte en los campamentos o marchar con mística, todos somos valientes. Pero cuando las papas queman y hay que poner el pecho, recibir las balas o meter las manos en el barro, la épica desaparece. No es el abuso lo que escandaliza; es el encubrimiento. No es la caída de uno; es la decisión de muchos de sostenerla. Y ahí el conflicto deja de ser moral y se vuelve existencial.
3. Los Pilatos de escritorio y la mentira del descorche
Instalados en la cumbre de ese monte de contemplativa indiferencia, las autoridades han decidido adoptar la postura de los tres monitos sabios: no ven, no oyen, no dicen nada. Es una actitud sumamente cómoda, por supuesto. Estaría faltando que oigan a Jesús al menos, para que se atrevan a salir de sus tiendas, bajen del monte y pongan la cara de una buena vez.
Como ya denunciamos en Asalto al Fortín II, a la cabeza de estas instituciones no siempre hay mártires; a veces hay Pilatos de escritorio que han hecho de la «prudencia» una palangana para lavarse las manos cada vez que la sangre de una víctima salpica sus alfombras. Las autoridades de FASTA en sus diferentes estratos, e incluso varios milicianos rasos, han preferido custodiar la imagen y un pseudo-prestigio institucional antes que la integridad de sus miembros.
En mayo hablé por teléfono con un miliciano de FASTA Lima. Me dijo: ‘He preguntado y me han aclarado todo’. Lo escuché y pensé exactamente lo contrario. No creo que le hayan aclarado nada; creo que le ofrecieron la versión necesaria para que dejara de preguntar. Porque cuando una institución investiga sus propios abusos sin transparencia ni rendición de cuentas, lo que suele producir no es verdad, sino tranquilidad.
Seguramente no faltará el ‘miliciano perfecto’ que, tras leer estas líneas, esgrima que la institución no oculta nada y que los casos ya han sido admitidos. Pero seamos claros: lo que se sabe no es mérito de la institución. Las verdades que hoy nos queman no salieron por su propia boca; tuvo que venir un tercero a denunciarlas y hacerlas públicas. Ni siquiera ante la evidencia hubo una asunción plena de la verdad; prefirieron un pedido de perdón genérico, admitiendo los hechos solo de forma implícita, sin validar nunca el testimonio de quien denunció. Esa es, precisamente, otra forma de ocultamiento.
4. La liturgia de la cuadra herida
Esta coreografía del ocultamiento se repite en una escala más doméstica, casi vecinal, pero no menos trágica. Es la puesta en escena de la impunidad que todos hemos visto y que ya describíamos en Asalto al Fortín – Parte II : la mujer que camina al mercado con el ojo morado o que pasea por la plaza con moretones que el maquillaje no logra esconder. El vecindario mira, sabe de los golpes, pero elige la «paz» del silencio. Todos nos indignamos en la intimidad, pero nadie interrumpe la simetría del horror llamando a las autoridades.
Solo cuando la tragedia se vuelve irreversible y las sirenas de la ambulancia rompen el silencio de la cuadra, aparece la liturgia del llanto colectivo. Entonces todos nos abrazamos y preguntamos: “¿Cómo fue posible?”. Fue posible porque, como Pilato, elegimos que la ciudad siguiera girando sin ruidos. Elegimos la comodidad de la carpa antes que el fango del llano.
Por eso me parecieron providenciales unas palabras que un lector, exmiembro del Sodalicio de Vida Cristiana, tuvo la gentileza de compartir conmigo. El 28 de agosto de 2011, el politólogo Eduardo Dargent escribió en Diario 16:
«Si optan por la confrontación y el silencio, y luego se descubren más casos, quedará la idea de que todos, sin distinción, fueron cómplices de encubrir hechos aberrantes. Que toda la obra de la organización se construyó sobre una mentira.»
Han pasado los años y la advertencia conserva intacta su fuerza. No porque todas las obras sean iguales, sino porque la lógica del encubrimiento suele repetirse con una fidelidad inquietante. Cuando una institución elige proteger su prestigio antes que la verdad, termina comprometiendo aquello mismo que pretendía salvar.
Eso es, precisamente, lo que hoy amenaza a la Ciudad Miliciana. Si FASTA insiste en responder con silencios, explicaciones a puertas cerradas y reconocimientos incompletos, corre el riesgo de que la sospecha deje de recaer sobre personas concretas y termine proyectándose sobre toda la obra. No porque todos hayan participado de los abusos, sino porque el silencio persistente convierte a una comunidad entera en rehén de quienes decidieron ocultarlos.








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