El primer artículo que publiqué este año se tituló No olvidemos la mochila. Allí escribí que uno de los propósitos de este espacio durante 2026 sería explorar, estudiar y comprender las distintas formas de abuso que pueden aparecer dentro de la Iglesia Católica.
Ese horizonte no ha cambiado.
Hasta ahora gran parte de ese camino ha estado sostenido por testimonios, documentos y experiencias personales. Seguirá siendo así. Sin embargo, cada vez estoy más convencido de que escuchar a las víctimas, aunque indispensable, no basta para comprender un fenómeno tan complejo.
También necesitamos aprender a nombrarlo.
Por eso, algunos de los artículos que siguen se alejarán, por momentos, de la crónica y del periodismo narrativo para dialogar con la psicología, la filosofía, la teología, el derecho canónico y otras disciplinas que llevan décadas intentando comprender estos fenómenos.
Comprender por qué ocurren también es una forma de impedir que vuelvan a repetirse.
Durante mucho tiempo creí que la pedofilia y la pederastia eran exactamente lo mismo.
Si alguien me hubiera pedido definir la pedofilia hace apenas un año, probablemente habría respondido que era la atracción sexual hacia menores de edad, es decir, hacia personas menores de dieciocho años.
Estaba equivocado.
Descubrí esa diferencia mientras leía Ya no te llamarán abandonada, del padre Luis Alfonso Zamorano. Puede parecer una precisión terminológica o un simple debate académico. No lo es. Confundir ambos conceptos puede llevarnos a interpretar de manera incorrecta casos de abuso y, en consecuencia, a comprender peor un problema que ya de por sí es complejo.
Comencemos por la pedofilia.
La palabra pedofilia (paidofilia) está compuesta por dos voces griegas: paidós, que significa «niño», y filía, que significa «amor» o un afecto intenso hacia alguien o algo. Desde el punto de vista etimológico, el término hace referencia a una atracción persistente hacia los niños.
Si la pedofilia hace referencia a una atracción sexual persistente hacia los niños, la pederastia describe algo distinto.
La palabra pederastia (paiderastía) también tiene origen griego. Está formada por las voces país, que significa «niño», y erastés, que puede traducirse como «amante». En la antigua Grecia, el término hacía referencia a una relación establecida entre un adulto y un muchacho adolescente, una práctica que, dependiendo del contexto histórico, podía estar vinculada a procesos de formación educativa, moral o incluso militar. No todas esas relaciones tenían un componente sexual, aunque hoy esa palabra ha adquirido un significado completamente diferente.
De hecho, la Real Academia Española define la pederastia como el abuso sexual cometido con niños.
Es precisamente aquí donde el padre Luis Alfonso Zamorano introduce una distinción que me pareció especialmente esclarecedora.
Todo pederasta basa su conducta en la pedofilia, pero no todo pedófilo termina convirtiéndose en pederasta.
La diferencia no es menor.
Mientras la pedofilia hace referencia a una inclinación o trastorno relacionado con la atracción sexual hacia niños, la pederastia describe un acto: el abuso sexual cometido contra un menor.
Dicho de otro modo, la pedofilia sería el trastorno que puede encontrarse en la base de esa conducta criminal, mientras que la pederastia nombra el delito.
Esta distinción también permite comprender otra realidad que suele pasar desapercibida.
Existen personas que reconocen experimentar una atracción sexual hacia niños, buscan ayuda profesional y desarrollan estrategias para no convertir ese impulso en una conducta delictiva. Nunca llegan a abusar de un menor.
Comprender esta diferencia no implica minimizar la gravedad de la pedofilia ni relativizar el daño provocado por la pederastia.
Implica, simplemente, utilizar las palabras con la precisión que un tema tan delicado exige.
Recuerdo una conversación que tuve hace algunos meses con una tía de mi esposa.
Había visto El Bosque de Karadima y quiso comentarme la película.
—Era un pedófilo asqueroso —me dijo apenas empezamos a hablar.
En ese momento yo probablemente habría respondido lo mismo.
Hoy ya no.
No porque pretenda minimizar la gravedad de los abusos cometidos por Fernando Karadima. Todo lo contrario. Sus delitos son suficientemente graves como para no necesitar palabras imprecisas.
Lo que cambió fue mi manera de entender esos conceptos.
A partir de la información pública disponible, parece más adecuado hablar de una atracción predominante hacia adolescentes varones que hacia niños prepúberes. Esa distinción remite a otro concepto: la efebofilia.
La palabra proviene del griego éphēbos, que hacía referencia al joven que atravesaba la adolescencia. En la literatura especializada, el término suele utilizarse para describir la atracción sexual predominante hacia adolescentes que ya han iniciado la pubertad.
Sin embargo, conviene no perder de vista algo fundamental.
Aunque la efebofilia y la pedofilia describan fenómenos distintos, los abusos cometidos contra adolescentes menores de edad siguen siendo abusos sexuales de enorme gravedad.
En ese sentido, el padre Luis Alfonso Zamorano recuerda un dato especialmente significativo. Según señala, aproximadamente dos terceras partes de las víctimas de abusos sexuales cometidos por sacerdotes y religiosos son varones adolescentes de entre catorce y dieciocho años.
Si ese dato es correcto, entonces la imagen popular del sacerdote pedófilo resulta insuficiente para explicar buena parte de los abusos sexuales cometidos dentro de la Iglesia.
Y eso significa que todavía nos falta comprender mucho.
Quizá el primer paso consista, simplemente, en empezar a llamar las cosas por su nombre.








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