Hay preguntas que parecen demasiado simples para merecer un artículo.

Esta es una de ellas.

Basta plantearla en una reunión de amigos para que las respuestas aparezcan casi de memoria. «Hay códigos». «Nadie le pertenece a nadie». «Depende del tiempo». «Depende de qué tan amigo era».

Todos parecen tener una respuesta.

Y, sin embargo, sospecho que muy pocos nos hemos detenido a pensar cuál es la verdadera pregunta.

Hace unos días volví a ver Pearl Harbor. La mayoría recuerda esa película por el ataque japonés, los aviones cruzando el cielo y las explosiones que cambiaron la historia. Yo terminé prestando atención a otra guerra. Una mucho más silenciosa.

Rafe y Danny son amigos desde niños. Comparten la misma vocación, los mismos sueños y una lealtad que parece inquebrantable. Hasta que la guerra hace lo suyo. Rafe es dado por muerto y, mientras el duelo intenta abrirse paso, Danny y Evelyn comienzan a enamorarse.

Pero Rafe vuelve.

Y con él aparece una pregunta tan antigua como incómoda.

¿Puede un hombre enamorarse de la mujer que alguna vez amó su mejor amigo?

La discusión suele reducirse a un asunto de códigos. Como si existiera un reglamento universal capaz de resolver todos los casos.

Pero quizá el problema no esté en los códigos.

Quizá esté en nuestra idea de la amistad.

Hace más de dos mil años, Aristóteles intentó responder qué era, en esencia, un amigo. En la Ética a Nicómaco distingue tres formas de amistad.

La primera nace de la utilidad. Somos amigos porque el otro nos resulta conveniente.

La segunda nace del placer. Compartimos gustos, nos divertimos, disfrutamos de la compañía mutua.

La tercera es mucho más difícil de encontrar. Es la amistad fundada en la virtud. Allí uno quiere el bien del otro por quien el otro es, no por lo que puede ofrecerle.

Quizá por eso Aristóteles nunca habría empezado preguntando si Danny hizo bien o hizo mal.

Antes habría preguntado qué clase de amistad unía a Danny y Rafe.

Porque no todas las amistades exigen lo mismo.

Mientras pensaba en la película recordé otra conversación, esta vez mucho más cercana.

Cuando empecé mi relación con Cristina, no faltó quien me dijera que él jamás podría salir con una mujer que ya tuviera una hija.

Las razones cambiaban de una persona a otra.

«Yo no criaría al hijo de otro.»

«Otro hombre ya pasó por ahí.»

Nunca discutí con quienes pensaban así.

Pero siempre me llamó la atención que aquellas frases parecieran hablar menos de Cristina y mucho más de quienes las pronunciaban.

Porque, en el fondo, la pregunta nunca era sobre ella.

Era sobre la forma en que entendían el amor.

Como si una historia anterior disminuyera el valor de una persona.

Como si el pasado pudiera convertir a alguien en menos digna de ser amada.

Y entonces comprendí que ambos debates —el de la ex de un amigo y el de una mujer con una hija— compartían el mismo riesgo.

El de convertir a las personas en una especie de territorio.

En algo que alguna vez perteneció a alguien.

Pero las personas no pertenecen.

Tienen historia.

Tienen heridas.

Tienen decisiones.

Y, sobre todo, tienen libertad.

Mientras escribía estas líneas fue imposible no recordar algunas frases que escuché durante mi paso por FASTA.

Las ubico en una etapa muy concreta de mi vida: los años en que Sebastián Vallejo era capellán de FASTA Lima. Lo menciono únicamente como una referencia temporal. No puedo afirmar que esas frases provinieran de él. Quizá sí, como quizá no. Simplemente no lo sé.

Lo que sí sé es que, entre el 2010 y el 2012, las escuché una y otra vez en boca de quien entonces era mi jefe de Casa —el responsable de una comunidad juvenil— y de otros dirigentes. Con el tiempo terminaron formando parte del lenguaje cotidiano. Las repetíamos con tal naturalidad que dejaron de parecernos ideas para convertirse en verdades evidentes.

«La ex de un amigo es un varón para mí.»

O aquella otra:

«No podemos ponernos de novios con las chicas de FASTA porque las prostituiríamos. Tenemos que cuidarlas.»

Sería muy cómodo escribir este artículo como si yo hubiera sido un simple espectador.

No lo fui.

También repetí esas frases. También ayudé a propagarlas. También creí que encerraban una profunda sabiduría.

Y quizá esa sea la parte más incómoda de toda esta historia.

Hoy ya no me interesa preguntarme quién dijo esas frases primero.

Me interesa entender qué había en mí para aceptarlas sin someterlas al juicio de la razón.

¿Qué visión del ser humano hacía posible que me parecieran tan evidentes?

¿Qué idea de la mujer hace posible que alguien piense así?

¿Qué idea de la amistad?

¿Qué idea del amor?

Si uno escucha con atención, descubre que en ninguna de esas expresiones la mujer aparece realmente como sujeto. Su libertad, su historia y su capacidad de elegir quedan relegadas a un segundo plano. Toda la discusión ocurre entre hombres, como si el verdadero vínculo fuera el que existe entre ellos y no con ella.

No escribo estas líneas para decirle al lector qué debe pensar.

Tampoco para responder definitivamente si un hombre puede salir con la ex de un amigo.

Es más, sospecho que esa pregunta admite respuestas distintas según las circunstancias, las personas y la historia concreta.

Lo que sí creo es que hay una pregunta anterior y mucho más importante.

¿Qué visión del ser humano sostiene la respuesta que damos?

Porque las respuestas cambian.

Las modas también.

Pero la antropología que las sostiene permanece.

Y tal vez ahí esté el verdadero desafío.

No en aprender respuestas nuevas.

Sino en encontrar el coraje para revisar aquellas que durante años repetimos convencidos de que eran evidentes.

Al fin y al cabo, las personas no solo se revelan por las decisiones que toman.

También por las ideas que nunca se atrevieron a cuestionar.

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Soy Lucas

Lucas Medina

Solo por Webeo es un espacio de ensayos, crónicas e investigaciones sobre fe, poder, paternidad y cultura. Escribo para contar historias que nos ayuden a pensar el mundo sin delegar la conciencia.

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