Hay artículos que uno cree que termina al publicarlos. Y luego están esos otros que continúan escribiéndose mucho después, en conversaciones de oficina, en mensajes privados, en opiniones que aparecen cuando uno menos las espera.

Hace algunas semanas publiqué un artículo titulado Los infieles nunca son los malos.

Sabía que el título iba a incomodar. Lo que no imaginé fue que el verdadero artículo empezaría después.

Todo había comenzado durante un almuerzo.

La historia parecía sencilla: un hombre había terminado un matrimonio para empezar una nueva relación. Como suele ocurrir en estos casos, la conversación construyó rápidamente un mapa cómodo. Había un culpable, había una víctima y, por supuesto, había un juicio.

Yo mismo utilicé aquella historia para desarrollar una idea filosófica que me venía acompañando desde hacía tiempo: las personas rara vez hacen el mal porque aman el mal. Generalmente lo hacen persiguiendo algo que consideran bueno.

Amor. Libertad. Reconocimiento. Felicidad.

El problema nunca fue justificar la infidelidad. Era intentar comprender cómo una persona puede convencerse de que una decisión capaz de herir profundamente a otros es, al mismo tiempo, una salida razonable.

Sin embargo, muchas personas entendieron otra cosa.

Creyeron que intentaba justificar la infidelidad.

Y, mientras aparecían esas críticas, la historia seguía creciendo.

Comenzaron a llegar nuevas versiones. Algunos decían que aquel hombre llevaba años intentando reconstruir su matrimonio. Otros aseguraban que había sido víctima de un constante maltrato psicológico. Después aparecieron personas convencidas de que aquella no había sido la primera infidelidad. Más tarde surgieron conversaciones sobre el historial de una tablet. Incluso alguien mencionó consultas realizadas en una aplicación de inteligencia artificial relacionadas con un divorcio.

Cada versión prometía ser la definitiva.

Cada una parecía modificar por completo la historia.

Y cuanto más escuchaba, menos entendía.

Durante algunos días intenté descubrir cuál era la verdadera. Hasta que ocurrió algo inesperado: dejé de interesarme por esa pregunta.

No porque la verdad dejara de importar. La verdad siempre importa. Sino porque empecé a sospechar que ninguna de aquellas versiones modificaba lo que permanecía intacto.

Había un matrimonio roto.

Había personas heridas.

Había una mujer que probablemente había visto cómo la persona en quien más confiaba dejaba de ser un lugar seguro. Había familias alcanzadas por una decisión que no habían tomado. Había amigos intentando comprender una historia que tampoco les pertenecía. Y, si había hijos de por medio, también estaban ellos, obligados a habitar las consecuencias de decisiones que nunca eligieron.

El daño rara vez se queda donde empieza.

Siempre encuentra la forma de alcanzar a otros.

Quizá por eso me interesa comprender el mal. No porque crea que soy inmune a él, sino precisamente porque no lo soy.

Hay una tranquilidad extraña en pensar que las malas decisiones siempre las toman determinadas personas. Los infieles. Los corruptos. Los abusadores. Los fanáticos. Personas diferentes de nosotros, reconocibles a cierta distancia, habitantes de una categoría moral a la que suponemos que nunca perteneceremos.

El problema es que casi nadie se levanta por la mañana pensando que ese será el día en que se convertirá en el villano de su propia historia.

Las personas se explican.

Se justifican.

Ordenan los hechos de una determinada manera.

Encuentran razones.

Y, algunas veces, esas razones terminan construyendo un relato suficientemente convincente como para permitirles convivir con aquello que están haciendo.

Eso es lo que me inquieta.

Porque el día que deje de pensar que una mala decisión también podría parecerme razonable a mí, ese día habré empezado a volverme peligroso.

Fue entonces cuando comprendí que el verdadero debate nunca había sido la infidelidad.

Era otro.

¿Por qué confundimos tan fácilmente comprender una conducta con justificarla?

Un médico necesita comprender una enfermedad para combatirla. Saber que una enfermedad es perjudicial no explica cómo aparece, cómo avanza ni por qué determinados organismos sucumben ante ella. Con el mal ocurre algo parecido: nombrarlo es indispensable; condenarlo, muchas veces, también. Pero ninguna de esas cosas explica todavía cómo opera.

Y si renunciamos a comprender cómo opera, podemos conservar durante toda la vida una ilusión bastante cómoda: que el mal siempre pertenece a otros.

Quizá por eso me inquietan algunas respuestas que aparecen con demasiada rapidez.

«La Biblia lo dice.»

«Todo depende de tu cosmovisión.»

Son dos frases que conozco bastante bien. De hecho, probablemente por eso termino teniendo conversaciones larguísimas con un amigo al que, recientemente y por culpa mía, terminaron bautizando como el Perfecto.

Durante mucho tiempo pensé que esas dos respuestas competían entre sí. Hoy sospecho que ambas pueden quedarse cortas.

No porque sean necesariamente falsas, sino porque, utilizadas como punto final, pueden ahorrarnos el trabajo más difícil: pensar.

Decir que una acción está mal responde una pregunta indispensable. Pero deja otra abierta:

¿Cómo llega una persona a convencerse de que aquello que terminará haciendo daño es precisamente lo que debe hacer?

No hago esa pregunta para disminuir la gravedad del mal. La hago porque me parece peligroso creer que basta con señalarlo para comprenderlo.

La condena establece un límite. La comprensión intenta averiguar cómo alguien llegó hasta él y decidió cruzarlo.

Necesitamos ambas.

Sin la primera podemos terminar justificándolo todo. Sin la segunda podemos repetir los mismos errores mientras seguimos convencidos de que son errores que solamente cometen los demás.

Y es aquí, paradójicamente, donde mi fe se vuelve todavía más importante.

Si realmente creemos que el Evangelio tiene algo verdadero que decir sobre la condición humana, entonces no debería asustarnos mirar esa condición con toda su complejidad.

Una fe incapaz de soportar preguntas difíciles quizá no sea una fe demasiado fuerte.

El fundamentalismo ofrece algo extraordinariamente seductor: tranquilidad. Las respuestas rápidas producen seguridad porque ordenan el mundo, separan a buenos y malos y nos permiten saber, casi siempre, de qué lado estamos nosotros.

Pensar es bastante más incómodo.

Pensar obliga a aceptar que comprender no significa absolver. Que una explicación no convierte una acción en correcta. Que reconocer los motivos de alguien no elimina las consecuencias de sus decisiones.

Y también obliga a aceptar algo todavía menos agradable: que nosotros necesitamos explicarnos nuestras propias acciones exactamente igual que aquellos a quienes juzgamos.

Por eso una fe que deja de hacerse preguntas corre el riesgo de convertirse únicamente en un conjunto de respuestas aprendidas.

Hoy, sinceramente, ya no me interesa demasiado saber si mi amigo puso fin a su matrimonio porque era víctima de maltrato psicológico. Tampoco si aquella había sido o no su primera infidelidad. No me interesa el historial de una tablet ni las conversaciones mantenidas con una aplicación de inteligencia artificial.

No porque la verdad haya dejado de importar.

Sino porque ninguna de esas versiones modifica lo único que permanece intacto:

hubo personas heridas.

Y ninguna explicación borra ese hecho.

Tal vez escribir consista, algunas veces, precisamente en eso: resistirse tanto a la comodidad de absolver como a la comodidad de condenar.

Ambas cosas pueden terminar demasiado pronto una conversación.

Comprender exige quedarse un poco más.

Mirar aquello que preferiríamos clasificar rápidamente. Preguntarnos no solo qué hizo alguien, sino qué razones fue construyendo hasta conseguir que aquello que hacía pudiera parecerle razonable.

Porque quizás el problema del mal nunca haya sido únicamente que existan personas capaces de hacer cosas malas.

Quizá el verdadero problema sea que casi todos necesitamos seguir considerándonos buenas personas después de hacerlas.

Y entonces la pregunta inicial cambia.

Ya no es solamente por qué alguien fue infiel.

La pregunta es bastante más incómoda:

¿qué historias nos contamos para poder convivir con las decisiones que terminan hiriendo a otros?

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Soy Lucas

Lucas Medina

Solo por Webeo es un espacio de ensayos, crónicas e investigaciones sobre fe, poder, paternidad y cultura. Escribo para contar historias que nos ayuden a pensar el mundo sin delegar la conciencia.

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