Si tienes 30 (o por ahí), es casi seguro que bailaste “Quizás (Remix)” y cada vez que suena dices: “¡temón!”. Pero hoy vamos a detener el paso —y el perreo— en una parte concreta para pensarla sin prisa:
“Dicen que es cosa de tontos enamorarse, tener sentimientos.
Amar hoy es solo cosa de un beso.
Ya nadie se promete más allá del tiempo, nadie cree en lo eterno.”
Esta estrofa funciona como un espejo incómodo de nuestra época: celebra la libertad, pero señala su sombra. Llamar “tonto” al que se enamora legitima la distancia emocional y nos evita el riesgo del rechazo. Reducir el amor a la inmediatez —un beso, un impulso— refleja la cultura de lo instantáneo: intensidad sin construcción, fuego sin madera. Y huir de promesas a largo plazo es la manera más rápida de quedarnos sin raíces.
Podríamos decir que somos una generación de jóvenes nómadas. No solo nos movemos físicamente: también cambiamos de trabajos, de parejas e incluso de amistades con una facilidad que sorprendería a generaciones anteriores.
Uno de los motivos es el miedo al compromiso. Buscamos libertad, pero a veces la convertimos en un escudo para evitar vínculos profundos. Las redes sociales nos han acostumbrado a la gratificación instantánea: un “like” vale más que una conversación larga. Además, hemos aprendido a retrasar la felicidad hasta alcanzar ciertas metas materiales: un sueldo soñado, un departamento propio, vivir en el lugar ideal.
Esta mentalidad también es una reacción. Vimos a nuestros abuelos y padres sacrificarlo todo por objetivos que, muchas veces, no llenaban su corazón. Aquello nos dejó un temor casi inconsciente a repetir sus renuncias.
Pero no todo es negativo. Contamos con herramientas y libertades que antes no existían, y que nos permiten mirarnos por dentro, mostrarnos vulnerables y compartirnos de maneras nuevas.
Quizás, como sugiere la canción, el verdadero reto de nuestra generación no sea elegir entre la libertad o el compromiso, sino aprender a habitar ambos… sin miedo a lo eterno.








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