El mayor peligro de una institución no siempre está en sus reglas, sino en lo que logra hacer con la mente de sus miembros.
Cuando ese poder se reviste de fe, el daño puede ser devastador.
En los escándalos de la Iglesia Católica, la conversación suele centrarse en el celibato o en la falta de supervisión.
Pero el caso del Sodalicio de Vida Cristiana revela una dimensión más siniestra: el adoctrinamiento y el fanatismo como verdaderas armas de abuso.
La periodista Paola Ugaz ha documentado testimonios que muestran un daño que va más allá de lo físico.
Hubo familias en las que, incluso cuando se conocían víctimas de abuso sexual dentro del mismo hogar, los propios miembros se unieron para defender a la organización.
No se trata solo de un crimen de poder, sino de una traición al espíritu y a los lazos más íntimos.
La esclavitud de la mente
Lo inquietante no es solo lo que ocurrió, sino la mecánica que lo hizo posible.
El culto a la obediencia destruye la razón y los vínculos familiares.
La lealtad a la institución se vuelve más fuerte que la sangre, y la realidad se niega para proteger una creencia.
Quienes se atreven a denunciar —como Pedro Salinas y José Enrique Escardó— terminan demonizados por aquellos que siguen atrapados en el sistema.
Aquí el verdadero crimen no es únicamente la explotación de los cuerpos, sino la esclavitud de las mentes, un control emocional que anula la moral y el pensamiento crítico.
(Relacionado: La amenaza fantasma en la Iglesia)
Cómo se construye la dependencia
La manipulación mental funciona porque crea una dependencia psicológica en la que el líder se vuelve indispensable para la identidad del individuo.
La persona aprende a desconfiar de su propio juicio y a creer que la única verdad proviene de la autoridad.
En estos entornos, la obediencia se convierte en virtud y el pensamiento crítico, en traición.
Las víctimas no solo sufren en silencio: terminan defendiendo al sistema que las oprime.
Un trauma que trasciende generaciones
El daño del fanatismo no termina con quienes lo padecieron directamente.
Décadas después de las denuncias, los hijos de exmiembros del Sodalicio siguen respondiendo de forma automática a las directrices de sus padres, como si hubieran aprendido “a no pensar ni debatir”.
El trauma continúa, se hereda y afecta a las personas de maneras invisibles.
Romper el ciclo de abuso
El verdadero cambio en la Iglesia no vendrá solo de sanciones o reformas superficiales.
Necesitamos erradicar las estructuras de poder que fomentan el fanatismo y silencian a quienes se atreven a pensar por sí mismos.
La Iglesia está llamada a formar discípulos libres, no súbditos obedientes.
Solo una fe adulta y consciente puede romper el ciclo de abuso y devolver el Evangelio a su esencia: amor, verdad y libertad.
Y ese cambio empieza hoy, en cada comunidad y en cada creyente.








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