La Iglesia Católica ha sobrevivido a crisis durante dos mil años, pero pocas resultan tan hirientes como aquellas que revelan abusos dentro de sus propias estructuras.
En el Perú, el caso del Sodalicio de Vida Cristiana expuso una herida que sigue abierta. Más allá de las sanciones penales y de los nombres propios, surge una pregunta que atraviesa a toda la Iglesia:
¿qué ocurre cuando un movimiento deja de servir al bien común para proteger su propio poder?
De la ignorancia a la ceguera voluntaria
En la entrevista que José Luis Pérez Guadalupe concedió el 6 de septiembre de 2024 al canal de YouTube Rajes del Oficio, se planteó una distinción tan incómoda como necesaria: la diferencia entre ignorancia invencible y conciencia voluntariamente ciega.
- Ignorancia invencible: cuando, por falta real de información, se cree estar en una obra ejemplar.
- Ceguera voluntaria: cuando, aun con denuncias y testimonios, alguien elige no ver, aferrándose a la identidad del grupo antes que a la verdad.
El paso de la primera a la segunda marca un punto de quiebre: la lealtad a la institución termina pesando más que la fidelidad al Evangelio.
Cuando la estructura eclipsa el Evangelio
El bien común de la Iglesia no es una idea abstracta. Implica transparencia, protección de los vulnerables y una fe vivida con libertad.
Pero cuando un movimiento olvida esto, aparecen patrones que se repiten más allá del Sodalicio:
- Elitismo, que aísla al grupo de la Iglesia universal.
- Secretismo, con decisiones y recursos blindados.
- Culto a la personalidad, donde el fundador o líder se vuelve intocable.
- Prioridad de la estructura, cuando preservar prestigio o propiedades importa más que las personas.
El resultado siempre es el mismo: pérdida de credibilidad, sufrimiento de las víctimas y una Iglesia que parece olvidar a quién debe servir.
Una reflexión que también es personal
Como lector habitual de este blog, sabes que viví —milité, incluso— en un movimiento católico que, con el tiempo, también fue acusado de abusos.
Recuerdo que, cuando lideraba un grupo juvenil, surgió un debate revelador. Coincidía con los primeros aires de renovación del Papa Francisco, que invitaban a volver a lo esencial: más servicio, menos jerarquías.
Algunos pedíamos dejar de ser “milicianos” para ser, simplemente, más cristianos. Otros defendían que mientras más milicianos, más fieles seríamos, porque “ese era nuestro carisma”.
Hoy veo con claridad que aquella discusión no era un detalle interno, sino un síntoma: cuando la identidad del grupo se defiende más que el Evangelio, el riesgo de ceguera voluntaria está a la vuelta de la esquina.
Lo que queda por aprender
El caso Sodalicio, y tantas historias menos visibles, recuerdan que el peligro no está solo en los grandes escándalos, sino en las pequeñas decisiones diarias que priorizan la estructura sobre el amor al prójimo.
La verdadera fidelidad a la Iglesia no consiste en cerrar filas, sino en abrir los ojos.
El bien común solo se construye cuando la verdad se dice, la justicia se busca y la caridad vuelve al centro de todo.








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