Soy Lucas Medina y, después de unas semanas agitadas, tengo algo que celebrar: mi blog ya supera las 2500 visitas. Este espacio nació oficialmente a mediados de mayo, y desde entonces me propuse un objetivo: cerrar el año alcanzando 2.000 visitas. No imaginé cumplirlo apenas iniciando octubre, y sentirlo realidad me emociona y me da ganas de seguir escribiendo, de seguir en este camino que, de alguna manera, siempre sentí predestinado para mí.
Curiosamente, cuando algo se me hace fácil o siento que tengo talento, tiendo a esquivarlo. Tal vez sea un tema que debería explorar en terapia. Sea como sea, la escritura siempre estuvo allí, esperando ser parte de mi vida. Recuerdo, por ejemplo, el año 2002, cuando estaba en segundo o tercero de primaria y participé en un concurso de cuentos del colegio. No gané, pero sí fui seleccionado para la ronda final. Lo que más recuerdo no fueron las bases del concurso, sino la devolución que recibí: Miss Silvia, mi tutora de aquel entonces, habló con mis padres y les recomendó que fomentaran la escritura en mí, porque estaba convencida de que tenía talento.
Tiempo después, fue mi madre quien me comentó que su autor favorito había sido Mario Vargas Llosa. De alguna manera, empecé a tenerlo mapeado, aunque todavía no había dado el salto a leer su obra de manera consciente.
Pero si hubo alguien que realmente me acercó al mundo de los libros, ese fue mi primo Dhanó. Desde su adolescencia parecía devorar todo lo que caía en sus manos. No descuidaba sus otros intereses —cuando nos reuníamos para jugar PlayStation o ir al cine siempre había tiempo para un libro—, pero su curiosidad literaria era constante. Recuerdo que, cada vez que pasábamos por un stand de libros en un supermercado, se detenía a leer las contraportadas, señalando cuáles quería que le compraran. A esa corta edad ya mostraba interés por la literatura filosófica y humanista.
Cuando tenía unos doce años, lo consulté sobre qué libro podría empezar a leer. Abrimos la colección de libros de mis padres y, entre sinopsis y recomendaciones, dimos con un título llamado El Cambio. Lo perdí hace años y no recuerdo el autor, pero sí la historia: una mujer peruana, María, enfrentaba dificultades en su trabajo justo cuando esperaba a su hija. Ese libro marcó uno de mis primeros acercamientos conscientes a la literatura, gracias a la guía y el ejemplo de Dhanó.
Este libro —que no encontré en internet— me sorprendió porque narraba una historia triste. Para esa edad yo solo conocía la típica trama donde el héroe logra su objetivo. Aquello, de alguna manera, despertó en mí la curiosidad de contar historias que no terminen como el espectador quisiera.
En 2008, ya en otro colegio, participé en un concurso de poemas. No había un único ganador, sino que por sección se seleccionaban dos poemas para exponerlos en el “Día del Logro Académico”. El mío fue elegido. No recuerdo exactamente los versos, pero la premisa giraba en torno a un joven que, al estar muriendo, decidía dejar a su pareja. Me inspiré en el último capítulo de la miniserie Misterio, donde el protagonista confesaba todos los errores cometidos en su vida.
Más adelante, en el instituto, ese talento fue transformándose en el sueño de ser guionista. Sin embargo, ahí apareció mi primer acto de cobardía disfrazado de soberbia: me creía superior y, por eso, nunca escribí nada como estudiante. Solo llegué a desarrollar una serie web sobre un chico con miedo a tener relaciones sexuales. Era una comedia, y el primer capítulo recibió buenos comentarios por parte de docentes que, en ese entonces, producían y dirigían Los Cinéfilos, la serie web más exitosa de Latinoamérica.
Aun así, conforme avanzaba la carrera dejé de lado la ficción y me enfoqué en lo publicitario. Escribí varios guiones y uno de ellos ganó el segundo puesto al mejor comercial de la carrera. Caray, merecíamos el primero.
Ya en la etapa profesional la cosa cambió: había que generar ingresos, porque si no mis padres me putearían —y con justa razón. Así que encontré trabajo como editor audiovisual. Ahí confirmé que no tenía pasta para editor, pero también conocí a grandes amigos que me empujaron hacia la redacción creativa publicitaria. Y es justamente donde me encuentro ahora.
Hoy mi talento se usa para escribir guiones sobre porcelanatos, seguros vehiculares o el nuevo Galaxy S25 Ultra con inteligencia artificial. Pero, en medio del copy y la tecnología, regresaron esas ganas de volver a escribir con alma, de intentar convertirme en escritor.
Así nació este blog. No sé si lo vamos a lograr, pero quiero que, cuando mis hijos crezcan, vean en estas publicaciones un testimonio vivo de que su papá lo intentó.
Y antes de terminar, quiero agradecer a mis padres: fueron las primeras personas que vi leer y escribir en casa. Ustedes son, sin duda, mis verdaderos maestros.
Porque escribir, al final, no es solo publicar en un blog ni buscar likes: es dejar una huella, aunque sea pequeña. Si mis hijos algún día leen estas palabras, quiero que sepan que lo intenté, que no me conformé con callar lo que llevaba dentro.
Este blog no es un punto de llegada, sino un comienzo. Un recordatorio de que vale la pena arriesgarse a crear, aunque exista la posibilidad de fracasar. Porque el verdadero fracaso es no intentarlo.









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