«No te juntes con los rosarinos que siempre se cortan solos», fue la advertencia que recibí en el último Campamento Ciudadano en el que participé allá por el año 2016, marcando el fin de la Séptima Generación de jóvenes de FASTA. Este movimiento católico te propone un ascenso pautado: desde Escuderos o Caperuzas hasta Adalides y Templarios, para culminar en la etapa universitaria con la Agrupación Milicianos. Es aquí donde el esquema cambia: la formación deja de ser segregada entre varones y mujeres para volverse mixta, y las hormonas de la agrupación comienzan a alborotarse.
Diego Mantero, un miliciano de FASTA Lima, solía repetir una máxima de Eliseo Santi que resumía bien la demografía del movimiento: «hay que convocar a 3.000 para formar a 300, y que al final se queden 30 en la Agrupación Milicianos». Esa pirámide de supervivencia no solo hablaba de perseverancia, sino de una selección natural dentro de la estructura.
Los Campamentos Ciudadanos representaban, en mi opinión, «todo lo que está bien» dentro de esa mística: misas diarias, liturgia de las horas y espacios de formación. A todo esto se le sumaban fiestas temáticas, fogones y excursiones. Eran siete días viviendo el sueño miliciano. Recuerdo vívidamente una excursión en la Patagonia donde cruzamos un río para pisar territorio chileno.
Eran espacios de encuentro donde el amor florecía entre seminarios y excursiones, pero también donde se revelaban las grietas de la «Ciudad Miliciana». Mi decisión de ignorar la advertencia y conversar con los chicos de Rosario —en lugar de disfrutar de un asado y una piscina en la casa del Jefe de Ruca Curá, comunidad juvenil de FASTA Mendoza— me permitió ver lo que otros preferían ignorar. Mientras unos se perdían en la «joda» atribuida a los cordobeses, los rosarinos me explicaban cómo habían armado la Región Litoral desde su propia perspectiva, una que no siempre encajaba con la Región Centro (Córdoba) a la cual dejó de pertenecer a mediados del 2015. Según su lógica, parecía que ellos estaban redescubriendo FASTA o, en todo caso, viviendo de forma más fiel el carisma original.
El «Grupo Aparte» como Síntoma
Ir a estos campamentos era realizar una radiografía de Argentina, pero sobre todo, una radiografía de FASTA. La advertencia de «no juntarse» con un grupo específico es reveladora. En instituciones que buscan la unidad absoluta, cualquier grupo que desarrolla una identidad propia o que cuestiona la centralidad es visto como un cuerpo extraño, como alguien que «se corta solo».
Con el tiempo, entendí por qué los rosarinos eran un grupo aparte. Su «aislamiento» no era una simple falta de compromiso con el resto, ni una resistencia heroica; era el síntoma de un sistema de control. Estaban siendo gestionados bajo una lógica de exclusividad que los mantenía en una burbuja, lejos de las dinámicas comunes del movimiento. Lo que en el campamento parecía una anécdota en una pileta perdida, terminó siendo mi primera lección sobre cómo se construye un cerco mental: cuando un líder logra que su grupo se «corte solo», es decir se aisle, ha ganado el control total sobre sus conciencias, eliminando cualquier contraste con el mundo exterior.

Entender este aislamiento requiere mirar hacia el centro de ese cerco. Rosario, por mucho tiempo, estuvo conducida por el Padre Guillermo Rosado, quien fue bautizado como el amigo y padrino Ad Eternum del Ruca Ivyray. Bajo ese liderazgo, la región no solo creció en número, sino que se cerró sobre sí misma, desarrollando una identidad que respondía más a la voluntad del guía que al carisma de la institución. Sin embargo, el problema no fue únicamente una persona ni un episodio aislado. Fue un clima. Una forma de entender la autoridad y de gestionar el disenso que permeaba toda la estructura.
El problema no fue únicamente una persona ni un episodio aislado. Fue un clima de dependencia psicológica. Una forma de entender la autoridad donde el disenso no solo era mal visto, sino que se buscaba que fuera inexistente, ya que la capacidad crítica buscaba ser anulada. Para comprender cómo se llega a ese nivel de control, conviene dejar por un momento los recuerdos y acudir a los documentos que circulaban en la intimidad de la organización.

La fotografía pertenece a un cuadernillo de formación que usaban los líderes o encargados de la conducción en todos las comunidades juveniles de Rosario y de la Región Litoral. Al analizar el afiche “¡Peligros!”, la pieza documental que servía de brújula en la formación interna, el panorama del cerco mental se vuelve nítido. No es una exhortación a la virtud, es un mapa de prohibiciones para blindar la estructura contra la diversidad de opiniones.
Puntos como «Cuestionar a la Autoridad» o «Socavar con opiniones diversas los modos del Proyecto» revelan que, en ese clima, el pensamiento crítico no era un valor, sino una amenaza. Para un miliciano bajo el ala del Padre Guillermo Rosado, tener una opinión propia no era un ejercicio de libertad, sino un «peligro» que lo ponía al nivel del «demonio que ronda como león rugiente», como reza el primer punto del cartel.
Esta estructura de control se cierra con una advertencia lapidaria: «El que falla se aleja, o se justifica». De este modo, se inocula en los miembros el miedo a partir: si te vas, es porque has fracasado. Así, el círculo de Rosario se volvía inexpugnable, no por la fuerza de su carisma, sino por el miedo al exilio espiritual que el propio documento pregonaba.
Este artículo es la continuación de Carisma e Impunidad. Si en la primera parte analizamos la arquitectura del poder, ahora corresponde examinar sus escombros. No estamos ante meras crisis espirituales o fragilidades individuales; hablamos de hechos juzgados en el ámbito canónico que fueron administrados internamente bajo una lógica de perfil bajo, lenguaje eufemístico y control narrativo.
Porque no podemos cerrar el capítulo de los Campamentos Ciudadanos sin hablar de quien fue el Capellán de la rama juvenil de FASTA por más de 20 años: el Padre Guillermo Varela. A diferencia de la dinámica vivida en Rosario con Guillermo Rosado, el caso de Varela nos traslada a otros centros neurálgicos de la institución: el Seminario de FASTA y el Ruca Pampero en Buenos Aires.
El Caso Ruca Pampero
Recuerdo a una miliciana afirmando con natural reverencia: “No podemos medir a Ruca Pampero con la vara de los demás rucas; esa casa es especial por su fundador y capellán”. La frase parecía inofensiva. No lo era.
Toda estructura de poder comienza fabricando excepciones. Cuando un lugar o una persona es declarada “especial”, se la sustrae del juicio ordinario. La norma continúa vigente para todos, pero deja de aplicarse en el punto exacto donde más debería hacerlo. Allí nace la inmunidad. Bajo los cielos de San Martín de los Andes, esa especialidad se tradujo en hermetismo. El capellán llamaba a jóvenes a encuentros privados que, según se decía, “solo ellos y Dios sabrán”. La fórmula parecía espiritual; en la práctica, construía una pertenencia cerrada, una intimidad que desplazaba cualquier vínculo externo. El guía se convertía en centro exclusivo.
Un video —que hoy circula nuevamente— muestra a jóvenes cantando con una entrega que hoy resulta escalofriante:
“No tenemos reproches, solo agradecimientos / Para el padre de todos que se llama Guillermo”.
No es una simple canción. Es un programa afectivo; una pedagogía emocional donde el agradecimiento sustituye al examen y la filiación desplaza al discernimiento. Cuando una comunidad es educada bajo el precepto de que «no hay reproches», se le ha arrebatado su derecho más básico: el derecho a la denuncia.
Donde se declara que no hay reproche posible, la conciencia crítica queda suspendida. Y donde no hay posibilidad de reproche, tampoco puede haber justicia. En el Ruca Pampero y en el Seminario, la figura de Varela dejó de ser la de un sacerdote para convertirse en la de un «padre de todos» incuestionable. Esta retórica transforma cualquier asomo de crítica en una traición familiar. Al final, queda claro que la excepción no protege la santidad; protege el poder.
Como hemos visto con estas evidencias, el peligro real reside en el culto al líder. El abuso sexual, aunque es el que legítimamente más escandaliza, comienza mucho antes: con líderes que se vuelven intocables y gobiernan la mente de sus víctimas.
Toda estructura que desea perpetuarse aprende a nombrar el mal sin llamarlo por su nombre. Así nace un diccionario paralelo donde el lenguaje no solo encubre hechos, sino responsabilidades:
· La expulsión por abuso se convierte en “crisis vocacional”.
· La sanción disciplinaria muta en “retiro para acompañar a una madre enferma”.
· El aislamiento preventivo se presenta como “necesario descanso”.
No se trata solo de eufemismos; se trata de reconfigurar la percepción moral de la comunidad. Cuando se pide oración por un sacerdote «agotado» mientras existe una condena por abuso, se instrumentaliza la buena fe. La piedad deja de ser una virtud para convertirse en un escudo. El problema no es la fragilidad humana; es la administración narrativa de esa fragilidad para evitar el escrutinio.
Hoy, Guillermo Rosado ya no es sacerdote; fue expulsado del ministerio sacerdotal,pero su castigo es una cínica jubilación anticipada en campos familiares donde, peligrosamente, sigue recibiendo a jóvenes.. Muy diferente es el caso de Guillermo Varela, quien aparentemente «la sacó barata» con una sanción canónica que lo inhabilita para ejercer el sacerdocio de manera pública por 5 años por admitir abuso de potestad y conductas impropias de orden afectivo con dos seminaristas. Cuidado: esto es solo lo que FASTA no pudo ocultar. Mientras ellos gestionan el control de daños, el rastro de víctimas silenciadas sigue creciendo.
Pero lo macabro no es solo la levedad de la sanción, sino el encubrimiento: Varela sabía de los abusos de Rosado antes de que este fuera ordenado diácono o sacerdote, y no puso el más mínimo reparo. Hubo y hay entre ellos una complicidad perversa; un pacto de silencio que permitió que el daño se perpetuara bajo el manto de la autoridad sagrada.
Aquí es donde debemos detenernos para sembrar una pregunta necesaria: ¿Qué une realmente a estos dos personajes? Existe una relación que va más allá de la simple coincidencia institucional; una complicidad siniestra que, según los indicios, nació y se alimentó en los pasillos de nuestro querido Seminario de la Fraternidad Sacerdotal Tomás de Aquino. En los próximos artículos, exploraremos la naturaleza psicopática de este vínculo y cómo el lugar destinado a formar pastores terminó siendo, quizás, el laboratorio de un pacto de silencio que aún hoy esconde sus secretos más oscuros.









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