Quizás hoy sea el día más importante de mi vida. Y no me refiero a este martes en particular, sino al 3 de marzo de 1993: la fecha fundacional de mi propia historia.
Si nos ponemos tomistas y analizamos las causas primeras de mi familia, todo el orden de mi universo actual comienza con el nacimiento de mi esposa. Las grandes historias —las que verdaderamente transforman el mundo— casi siempre empiezan con una mujer.
No escribo esto para glorificarla en abstracto, sino para hacer justicia. Este espacio lleva mi firma, pero le pertenece más a ella que a mí.
Cristina es el silencio que sostiene la palabra. Es quien me recibe en la vulnerabilidad de la noche, cuando le leo mis artículos o le lanzo ideas desproporcionadas. Es esa mirada —mezcla de complicidad y advertencia— cuando le digo: “Terrible lo que va a pasar en Solo por Webeo”.
Durante gran parte de mi vida, incluso ante los ojos de mi madre, mis proyectos despertaban temor o prudente desconfianza. Cristina, en cambio, posee un don casi metafísico: cree en mí incluso antes de que yo mismo lo haga. Y esa es, quizá, la forma más pura de caridad: ver en el otro la potencia de lo que todavía no se anima a ser.
Yo también creo en ella. Y el mundo debería prepararse para conocer a una mujer cuyo talento solo es superado por su incapacidad de amar con medida.
Mientras escribía este texto, dudé si debía pedirte perdón o darte las gracias. Tal vez ambas cosas sean necesarias.
Perdón por la cruzada en la que me he embarcado —esa que siento justa y necesaria— en el intento de recuperar lo que alguna vez soñé heredar a nuestros hijos. Y gracias por sostenerla conmigo, incluso cuando no comprendes del todo cada detalle, cada nombre, cada historia.
Gracias por cuidar de los niños cuando alguien me pide reunirme para escuchar un testimonio para el blog.
Gracias por decirme que quieres un esposo valiente, uno que ponga el pecho, incluso cuando te confieso que tengo miedo de publicar ciertos artículos.
Tu fortaleza no hace ruido. Pero sin ella, yo no tendría voz.
El año pasado escribí que eres la que “nunca nos dice que no”. Hoy entiendo algo más profundo: tu amor nos permite experimentar, en lo cotidiano, un reflejo de lo divino. Si un amor humano es capaz de ensanchar así el alma, ¿qué no hará el Amor que lo funda?
Gracias por amar sin cálculo.
Gracias por la paciencia infinita ante mis pequeños desórdenes: el cargador siempre enchufado, la correa abandonada en el piso, los libros conquistando el sillón, la pinza olvidada en la cama.
Gracias por abrazar mi humanidad imperfecta.
Pero, sobre todo, gracias por nuestros dones mayores: Dome y Lolo. Ellos son la prueba de que el amor verdadero no se repliega; desborda en vida.
En un mundo obsesionado con los grandes discursos y las instituciones que todo lo abarcan, hemos descubierto algo distinto: la verdadera minoría creativa se gesta en lo sencillo. Quizás lo más revolucionario que podamos hacer en nuestro tiempo sea, simplemente, ser una familia que pasea por un parque.
En ese paso lento —sin más pretensión que la compañía y el asombro ante la vida de nuestros hijos— se quiebra cualquier lógica de poder. Ahí, entre los árboles y el sol de la tarde, la fe se vuelve carne y nuestra historia, escrita “al revés”, encuentra su sentido.
Feliz vida, Cristina.
Gracias por ser el lugar al que siempre puedo volver para empezar de nuevo.








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