Sobre una pregunta incómoda y sus falsas certezas

En el año 2006 falleció mi abuela Hortencia —Hotty, como todos la llamábamos— y escribir sobre ella todavía me descoloca un poco. Era una mujer de Iglesia, de fe sencilla, de esas que creen que la vida cristiana se cultiva sirviendo en silencio. A veces pienso que habría sido muy feliz viéndome involucrado en la parroquia de los Franciscanos Capuchinos, como ella quería. Pero ese mismo año yo tomé otro camino: ingresé a FASTA.

Con los años esa decisión se volvió una pregunta abierta. Me he preguntado más de una vez si, de haber seguido su consejo, me habría ahorrado varios de los cuestionamientos y dolores que hoy cargo respecto a los abusos y heridas que atraviesan a FASTA… y a la Iglesia en general.

Cuando Hotty murió, donamos la mayoría de sus libros de formación católica a la biblioteca de FASTA Lima. Pero hubo dos que no pude entregar. Dos que guardé como quien conserva una brújula rota pero querida: Sepa defender su fe y ¿Por qué se van los católicos?.

Con el tiempo, ese segundo título se convirtió en una pregunta que ya no le hago a los demás, sino a mí mismo: ¿por qué tanta gente —incluyéndome a ratos— siente la tentación de alejarse? Y ahí es donde este libro vuelve a cobrar sentido.

Ese libro que guardé de Hotty —¿Por qué se van los católicos?— dejó de ser solo un objeto viejo en mi biblioteca. Años después lo redescubrí y su lectura me golpeó con fuerza, especialmente después de ver el costo humano de ciertos movimientos eclesiales.

Y aquí entra un contexto que yo no viví, pero que conocí gracias a lo que Martín Scheuch —autor del blog Las Líneas Torcidas y una de las voces más lúcidas en el análisis del Sodalicio— ha explicado en su cuenta de X. Él recuerda que cuando José Luis Pérez Guadalupe publicó este libro en 1992, la Conferencia Episcopal Peruana lo respaldó sin mayores complicaciones. El texto analizaba la “migración religiosa” hacia grupos evangélicos, pero también señalaba ciertas prácticas sectarias dentro de movimientos católicos como la Renovación Carismática, el Camino Neocatecumenal y, por supuesto, el Sodalicio.

Según lo que Martín relata, la reacción del Sodalicio fue inmediata: una campaña interna para silenciar el libro. Se ejercieron presiones, se cuestionó incluso la autenticidad de la presentación escrita por Mons. Óscar Alzamora —presentación que el propio Alzamora confirmó como suya— y, finalmente, el libro fue retirado de circulación. La censura se ejecutó desde dentro: Mons. Miguel Cabrejos, entonces obispo auxiliar y secretario general de la Conferencia Episcopal Peruana, ordenó sacarlo de los estantes.

Todo esto yo no lo viví. Pero conocerlo ahora, desde la distancia, me permite entender mejor por qué este libro —que estuvo en las manos de mi abuela y luego en las mías— es más que un título olvidado: es una pregunta incómoda que la Iglesia ha tratado de evitar desde hace décadas. Quizás por eso releerlo hoy no es un ejercicio académico, sino una necesidad: entender por qué tantos se van, qué heridas seguimos arrastrando y qué preguntas siguen sin respuesta.

El libro no es para nada extenso y, siendo honesto, entiendo por qué no me atrapó cuando era un escudero de 12 años en FASTA. Hoy, en cambio, lo leo desde otro lugar. El texto consta de tres capítulos, así que voy a intentar resumirlos y analizarlos. Esta será la primera entrega de una trilogía… o quién sabe, quizá terminan saliendo más posts.

Por ahora vamos con el análisis del primer capítulo: “Opiniones clásicas”.

El primer capítulo del libro no busca explicar, en sentido estricto, por qué se van los católicos. Su tarea es más básica y, a la vez, más incómoda: poner en evidencia las explicaciones fáciles que durante años circularon dentro de la Iglesia para justificar la deserción de sus miembros.

Las llamadas opiniones clásicas no nacen del vacío. Se formulan desde la pastoral, desde el análisis sociológico preliminar y, en algunos casos, desde la necesidad defensiva de encontrar causas externas al problema. Sin embargo, como muestra Pérez Guadalupe, estas opiniones simplifican un fenómeno que es mucho más complejo.

La primera de estas opiniones —que sostiene que quienes se van son ignorantes, pobres o problemáticos— queda rápidamente relativizada. No solo porque no describe la diversidad real de los Nuevos Movimientos Religiosos, sino porque, llevada a sus consecuencias últimas, termina siendo una crítica indirecta a la propia Iglesia, a su capacidad de acompañar y responder pastoralmente a las necesidades humanas y espirituales de sus fieles.

La segunda explicación, que atribuye el crecimiento de las “sectas” al financiamiento extranjero, tampoco resiste un análisis serio. Si bien existen grupos con apoyo económico externo, este factor no explica por sí solo la adhesión ni la permanencia. La comparación con la Iglesia Católica, el caso de la Iglesia Mormona, el crecimiento del pentecostalismo y diversos ejemplos concretos muestran que el dinero no garantiza ni fe, ni comunidad, ni sentido de pertenencia.

La tercera opinión clásica introduce un diagnóstico más complejo: el crecimiento de los N.M.R. —entendidos en el desarrollo del ensayo como Nuevos Movimientos Religiosos— como respuesta a la crisis estructural que atraviesa el continente. Aquí el autor reconoce un elemento real y profundo: ante contextos de inseguridad, pobreza y descomposición social, el ser humano busca certezas y refugio. Sin embargo, esta explicación tampoco es suficiente. La crisis puede explicar la búsqueda religiosa, pero no explica por qué esa búsqueda no se canaliza dentro de la propia Iglesia Católica. En este punto, el problema deja de ser exclusivamente social y se vuelve inevitablemente eclesial.

Finalmente, la cuarta opinión sostiene que las sectas crecen debido a la falta de sacerdotes. Aunque el autor reconoce la existencia de una crisis vocacional, demuestra que no puede establecerse una relación mecánica entre presencia clerical y ausencia de N.M.R. Existen comunidades sin sacerdotes residentes que mantienen una fuerte identidad católica, así como espacios con intensa presencia pastoral donde el crecimiento de estos grupos es significativo. El problema, por tanto, no es solo de cantidad, sino de modo de presencia y ejercicio de la misión.

Integradas, estas cuatro opiniones clásicas revelan más sus límites que sus aciertos. Ninguna, por sí sola, logra explicar el fenómeno. Todas tienden a desplazar la responsabilidad hacia factores externos —económicos, sociales, estructurales o numéricos— y, en ese movimiento, evitan una pregunta más incómoda.

El primer capítulo no ofrece todavía la respuesta, pero prepara el terreno para ella. Al desmontar explicaciones simplistas, el autor obliga a replantear el problema desde otro lugar: no preguntarse únicamente por qué otros crecen, sino qué búsquedas, heridas y expectativas no han encontrado respuesta dentro de la Iglesia. Desde allí, el texto abre el camino hacia las conclusiones que se desarrollarán en los capítulos siguientes.

Hasta aquí, el primer capítulo nos ha obligado a desmontar explicaciones cómodas. En las próximas publicaciones continuaremos con el análisis de Opiniones clásicas, deteniéndonos en el giro que propone el autor y en las preguntas que siguen incomodando.

2 respuestas a «¿Por qué se van los católicos? Episodio I»

  1. Avatar de micheldedieu

    Interessante

  2. […] El primer capítulo de ¿Por qué se van los católicos? terminaba, entonces, dejando abierta una pregunta bastante más incómoda: si las explicaciones tradicionales no bastan, ¿qué está ocurriendo dentro de la propia Iglesia? […]

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Soy Lucas

Lucas Medina

Solo por Webeo es un espacio de ensayos, crónicas e investigaciones sobre fe, poder, paternidad y cultura. Escribo para contar historias que nos ayuden a pensar el mundo sin delegar la conciencia.

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